Estábamos ahí de nuevo, en el momento más inapropiado, burlando a la advertencia constante de esperar nuestro momento. Siempre te lo decía, todo el tiempo, que lo mejor sería esperar; pero todas y cada una de las veces terminaba contradiciéndome, buscando tu mano en la oscuridad, tu hombro en el cansancio, tu boca y tu piel en el instante menos propicio, como el de aquél día.
Te veías guapo como nunca, te lo dije muchas veces; no sé si era el haberte extrañado tanto o que de verdad me parecías un sueño hecho realidad en ese callejón atrás del restaurante.
Uno de los dos no debía estar ahí, el que fuera: tú o yo; pero resulta que ambos habíamos ido a esa cena y que los dos sabíamos que si el otro estaba ahí era una señal irrebatible de que aún no estábamos listos para dejarlo ir. Por eso forzábamos el tiempo y los momentos; porque así lo sentíamos, aunque también teníamos conciencia de lo malo que era lo que pasaba después de esos encuentros.
Nos besamos un millón de veces, no podría calcularlo. Los abrazos eran fuertes, de fuego... calcinaban. Me recuerdo pensando con toda vehemencia que esa noche no te soltaría, que en esa ocasión teníamos que estar juntos porque si no era ahora si nos perderíamos. Me soltaste el cabello, lo acariciaste, frenaste el ritmo y te tomaste el tiempo para acariciarlo despacio, para olerlo. Te miraba a los ojos, con toda la intención de hacerte saber a través de mis ojos cuánto te estaba queriendo, cuánto amor sentía. No hablamos casi nada, porque en instantes así no nos gustan las palabras, ya que se corre el riesgo de que a la par de la voz también hable la conciencia y entonces todo se arruinaría.
Pese a que ya casi tenía toda certeza de que el universo entero sabía lo nuestro y fingía que nada pasaba, nos apresuramos en volver, postergando ese deseo compartido de no soltarnos nunca, que se cumpliría, como siempre decíamos, en el momento justo. Amarré mi cabellera de un modo que su repentino desarreglo pareciera natural, y regresamos al comedor en tiempos diferentes.
El resto de esa noche ya no lo recuerdo: cena, plática, lo de siempre. Lo único que vuelve a mi memoria además de la escena del callejón fue cuando nos despedimos. Ella me miró con un rostro de cariño genuino y tu no pudiste verme a los ojos. Al final se fueron, miré tu espalda y comencé a sentir un malestar. El acarició mis hombros, dándome un pequeño masaje y la noche terminó.
Después de eso pasó lo de siempre, esa culpa maligna del engaño, ese fiero modo de extrañar, esa ilusión que explotaría cuando volviera a ver tu rostro... ya no podía más.
Pasaron varios meses, varios miles de segundos en los que me preguntaba hacia donde iría lo nuestro, instantes eternos gastados en pensar qué diablos tendría que pasar para que esto llegara a su final, el que fuera, eso ya no importaba ante tanta desesperación del alma.
Así como siempre sucedía, llegó el día de esa reunión a la que seguro estabas invitado. La última vez había sido una dulce, muy dulce pesadilla, y no sabía que tan bueno o malo era continuarla. Llevábamos ya varios años en ese absurdo juego, ese que no daba paz al corazón, que no daba espacio para el avance o el retroceso, que congelaba la vida en un punto hace ya mucho tiempo en el que decidimos que el destino de los dos era estar juntos, aunque en términos estrictos el destino es lo que pasa, no lo que planeas.
Antes de la fiesta comencé a preguntarme con verdadera objetividad si lo que me deparaba la vida era estar con él y no contigo. Después de todo ya era mi pareja, ya lo sentía parte de vida, ya no sabría si prefería su realidad a tu sueño.
Decidi obviar esos pensamientos que podrían truncar lo tuyo y mío y opté por asistir a esa reunión, ya que me tenía el presentimiento de que sería definitiva para nosotros.
Llegamos un poco tarde, como era su costumbre, e irrumpimos en la casa de Claudia. Después de saludar a todo el mundo lo único que tenía en la mente era verte otra vez, así que comencé a escanear el lugar con la vista, tratando de encontrarte entre la multitud... así pasé varios minutos, pero no había rastro ni de ella ni de ti. Temí lo peor, que no te presentaras, pero me resultaba tan increíble que perdieras un pretexto tan perfecto para vernos que aguardé toda la noche a la expectativa de un pequeño movimiento de la puerta que indicara tu demorado arribo. Pero nunca llegaste.
Nunca olvidaré esa noche, en que lo dejaste ir, en que la cordura de tu parte permitió que continuáramos el camino. Podría jurar que esa noche morí, o al menos murió mi más grande motivo para no morir. El dolor de los días siguientes no podría ser expresado con palabras, imagina cómo puede doler esperar un momento que jamás llega porque siempre ha estado ahí, pero nunca te das cuenta.
Ahora siento que camino hacia delante...
1/17/2006
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
0 comentarios:
Publicar un comentario