Tomaba hoy un café en conocida cafetería mamona (americano obvio porque cuesta $24) y me dispuse a leer un periódico desordenado y manoseado previamente por alto número de personas.
En una columna (género opinativo) llamada algo así como "Sobre política y cosas aún peores" el periodista autor contaba una historia chistosa como preámbulo a un tema político. Como en este blog no se escriben cosas soeces omitiré lo político e iré direcatamente a lo jocoso, que es igualmente soez pero al menos da risa.
Había una vez una chica mexicana que vivía en Estados Unidos. La mujer era profundamente nacionalista; así que un día mientras platicaba con uno de sus pretendientes gringos, le contó: "Soy tan nacionalista que tengo tatuado 5 de mayo en mi pierna derecha" El wey no tenía idea de lo que hablaba esta mujer, a la que llamaré... Isabelle (jejeje); en fin, sin temor a parecer pendejo le gringo preguntó que por qué 5 de mayo. Ella le explicó entonces que ese día había sido la batalla de Puebla y bla bla bla. Los muchachos siguieron platicando y en el curso de la conversación salió a relucir ahora el tema de las mamás. Isabelle muy en confianza le dijo al gringo que en su pierna izquierda tenía tatuado 10 de mayo. No fue necesario que él preguntara la razón porque ella se apresuró a decir "because I always want to remember my mom, and in Mexico people celebrate Mother´s day bla bla bla...". El gringo entonces, ya considerando que sabía mucho de aquella mexicana, le preguntó con toda naturalidad: ¿May I visit you between those dates"...
tan tan
Isabelle, no sirve el link de tu blog, por eso te quise molestar jeje.
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2/18/2009
1/26/2009
Mulan Nasrudín
Nasrudín conversaba con un amigo.
- Entonces, ¿Nunca pensaste en casarte?
- Sí pensé -respondió Nasrudin. -En mi juventud, resolví buscar a la mujer perfecta. Crucé el desierto, llegué a Damasco, y conocí una mujer muy espiritual y linda; pero ella no sabía nada de las cosas de este mundo.
Continué viajando, y fui a Isfahan; allí encontré una mujer que conocía el reino de la materia y el del espíritu, pero no era bonita.
Entonces resolví ir hasta El Cairo, donde cené en la casa de una moza bonita, religiosa, y conocedora de la realidad material.
- ¿Y por qué no te casaste con ella?
- ¡Ah, compañero mío! Lamentablemente ella también quería un hombre perfecto.
- Entonces, ¿Nunca pensaste en casarte?
- Sí pensé -respondió Nasrudin. -En mi juventud, resolví buscar a la mujer perfecta. Crucé el desierto, llegué a Damasco, y conocí una mujer muy espiritual y linda; pero ella no sabía nada de las cosas de este mundo.
Continué viajando, y fui a Isfahan; allí encontré una mujer que conocía el reino de la materia y el del espíritu, pero no era bonita.
Entonces resolví ir hasta El Cairo, donde cené en la casa de una moza bonita, religiosa, y conocedora de la realidad material.
- ¿Y por qué no te casaste con ella?
- ¡Ah, compañero mío! Lamentablemente ella también quería un hombre perfecto.
1/16/2009
Esos discos
No creí ser descortés cuando le exigí a Julliard que me regresara mis discos. Era una cuestión tan lógica que superaba a la falsa cortesía. La propiedad privada existe desde que el hombre empezó a fabricar cosas: “esta cazuelita es tuya y esta cazuelita es mía”, todo bien definido y todo repartido en dueños. Inclusive Benito Juárez lo dijo: “el respeto al derecho ageno es la paz”, o sea, repeta lo del otro y no habrá pleitos.
Le presté un par de discos a Julliard por ahí de mayo, todo para que nos fuéramos conociendo hasta por la música. Tal vez los escuchó un par de veces y después se le borraron de la mente porque nunca los regresó. En el tránsito de una relación esas cosas pasan, uno como que se olvida de que tiene algo de otra persona, y como la convivencia es bastante buena, esos detalles pasan a último término; pero cuando a uno se le agota el cariño y se rompen los lazos, casi inmediatamente después de la despedida te acuerdas de que un pinche francés se quedó tus discos.
Para Julliard la situación es diferente. Como se rompe la relación y por ende se genera un ambiente de incomodidad, es del peor gusto posible exigir que se devuelva algo tan insignificante como un disco. Eso a él le parece un pretexto para fastidiar, porque un objeto es mierda sin valor ante el fin de un amor. Ha de ser porque no es de aquí y la diplomacia le parece exesivamente importante.
A mí Julliard no me cae mal, sólo que no somos compatibles, ni el idioma tenemos en común. Por más que lo intenté nunca pude hacer que se comiera una enchilada de mole poblano, ni que entendiera que decir pendejo no es necesariamnte un insulto. Probablemente yo tampoco le entendía mucho a su manera de ver la vida. Al principio era interesante convivir con alguien de otra latitud y llevarlo por aquí y por allá para que viera la ciudad de noche y de día; pero después de un tiempo llegó a fastidiarme su afán de tomarle fotos a casi todas las cosas que veíamos. Que la piche ardilla, que la fuente, que el niño pobre, que los pies de mi mamá, que el graffiti, que la luna y la luna, y la luna. Dios santo ¡es la misma luna en Lyon que en Toluca, que en Chiapas, que en Tijuana!... pero fui paciente porque él no era de aquí, necesitaba habituarse. También siempre se quejaba del tráfico y de la ciudad atascada de personas, y de la basura. Eso me fastidiaba muchísimo, ¿qué necesidad de un pinche francés estar padeciendo una ciudad tan horrible? Porque llegó a decirlo, que la ciudad era un infierno. Yo no le decía nada de Lyón porque en primer lugar ni conozco y en segundo qué ganas iba yo a tener de estar peleando con un pendejo.
Así entre los buenos y los malos momentos se nos fue casi un año y llegó el día de las madres. Yo estaba algo emocionada porque había planeado llevarle serenata a mi mamá en la madrugada. Julliard estaba muy apático porque hace mucho tiempo que los mariachis habían dejado de causarle impresión, inclusive de Garibaldi decía “c'est un lieu puant” (1) y no se que tanto más. Yo ya ni le decía nada porque una: ni le entendía bien, y dos: qué ganas iba yo a tener de estar argumentando pendejadas con un francés mamón.
El chiste es que mi amigo Rigoberto me acompañó por el mariachi junto con Julliard (que traía una actitud horripilante). Salvo eso todo estaba bastante bien, hasta que a Rigo se le ocurre preguntarle a Julliard que si le iba a llamar a su mamá en Francia para felicitarla o si tenía algo planeado para ese día. Julliard le contestó simplemente que no haría nada. Yo le expliqué a Rigo que en Francia el día de las madres era como dentro de tres semanas, pero él lo tomó a broma y dijo: “No me engañes, no me engañes, lo que pasa es que el Julliard no tiene madre” Y que nos empezamos a reír el Rigo y yo.
Después de ese incidente, que casi estoy segura que el francés ni entendió bien pero que de todos modos lo hizo enojar, las cosas se pusieron bastante tensas entre él y yo. Dejamos de vernos un par de semanas hablándonos ocasionalmente, hasta que él me pidió muy amablemente que fuera a su casa para ayudarle a editar un video de México que le mandaría a un amigo a Lyon, que según para ver si se animaba a venir.
Llegué a su casa, que compartía con un chico de Monterrey y otro belga, y en lo que él me preparaba un café me puse a revisar mi correo electrónico aprovechando que tenía abierto el hotmail. Ví que en la bandeja de entrada había puras tonterías, cadenas y demás cosas; pero como el chico belga, que se llamaba Armand, hablaba con Julliard en la cocina y no se veía que fueran a terminar la conversación rápido, abrí uno de los correos que se llamaba FW: chistes cortos o algo más o menos así.
No se si fue porque el francesín ya me tenía hasta la madre o simplemente porque me dio gracia genuina, pero me empecé a reír bastante fuerte después de que leí un chiste de franceses. Julliard oyó la carcajada y me preguntó qué me hacía tanta gracia. Entonces inocentemente le leí el chiste en voz alta:
- ¿Cómo hace un francés para que no le roben su dinero?
- Lo esconde debajo del jabón
Y que se encabrona… se le puso roja la cara y lo único que me dijo fue: “tu es folle, les mexicains sont les dégoûtants!”(2). Después de eso se encerró en su recámara y yo me quedé junto a Armand con cara de pendeja. Obviamente me despedí como diez segundos después para que el belga no me dijera nada de mi imprudencia o incluso para que no se pusiera de mi lado, porque al fin y al cabo en ese momento todos los extrangeros me caían de la chingada por igual; pero apenas salí del departamento me acordé que ese wey tenía mis discos todavía y me dio un buen de coraje; hasta me dieron ganas de tocar la puerta y decirle al pinche Armand que me los diera (de seguro estaban en la torrecita junto a la compu). Opté por la prudencia y mejor seguí mi camino para no buscar conflictos mayores.
Ya no tuve noticias de Julliard después de eso, yo no quería buscarlo bajo ninguna circunstancia, pero confieso que pensé que él me hablaría para disculparse o algo así; obviamente no tenía intención de hacerlo pues jamás me llamó por teléfono y nisiquiera me lo encontraba en el messenger. Total que transcurrieron unos seis meses sin saber qué había pasado con él y ya casi ni pensaba en el Julliard.
Era principios de diciembre y resulta que Rita, una amiga, me llamó por teléfono para decirme que acababa de cortar con su novio, y que estaba muy triste y bla bla bla. Le dije que fuera a mi casa para tomarnos unas cervezas, Rita no podía con su triste alma y decía que estaba horrible que su relación hubiera terminado poquitito antes de navidad porque las fiestas no las iba a disfrutar y que a las posadas iba a ir sola, y creo que hasta que Santa Claus no le iba a traer regalos por patética. Yo para consolarla le dije que era una buena etapa para terminar una mala relación porque iba a empezar el año y los comienzos eran muy simbólicos; hasta le argumenté: “mira Rita, tú como dice la canción; diciembre me gustó pa´que te vayas, que sea tu cruel adiós mi navidad, no quiero empezar el año nuevo con este viejo amor que me hace tanto mal”… y en eso que siento como se me retuercen las tripas del coraje y que le digo a la Rita: “¡Pinche francés, se quedó con mis discos de Jose Alfredo Jimenez!”
(1) Ese lugar apesta
(2) ¡Estás loca, si los mexicanos son los repugnantes!
Le presté un par de discos a Julliard por ahí de mayo, todo para que nos fuéramos conociendo hasta por la música. Tal vez los escuchó un par de veces y después se le borraron de la mente porque nunca los regresó. En el tránsito de una relación esas cosas pasan, uno como que se olvida de que tiene algo de otra persona, y como la convivencia es bastante buena, esos detalles pasan a último término; pero cuando a uno se le agota el cariño y se rompen los lazos, casi inmediatamente después de la despedida te acuerdas de que un pinche francés se quedó tus discos.
Para Julliard la situación es diferente. Como se rompe la relación y por ende se genera un ambiente de incomodidad, es del peor gusto posible exigir que se devuelva algo tan insignificante como un disco. Eso a él le parece un pretexto para fastidiar, porque un objeto es mierda sin valor ante el fin de un amor. Ha de ser porque no es de aquí y la diplomacia le parece exesivamente importante.
A mí Julliard no me cae mal, sólo que no somos compatibles, ni el idioma tenemos en común. Por más que lo intenté nunca pude hacer que se comiera una enchilada de mole poblano, ni que entendiera que decir pendejo no es necesariamnte un insulto. Probablemente yo tampoco le entendía mucho a su manera de ver la vida. Al principio era interesante convivir con alguien de otra latitud y llevarlo por aquí y por allá para que viera la ciudad de noche y de día; pero después de un tiempo llegó a fastidiarme su afán de tomarle fotos a casi todas las cosas que veíamos. Que la piche ardilla, que la fuente, que el niño pobre, que los pies de mi mamá, que el graffiti, que la luna y la luna, y la luna. Dios santo ¡es la misma luna en Lyon que en Toluca, que en Chiapas, que en Tijuana!... pero fui paciente porque él no era de aquí, necesitaba habituarse. También siempre se quejaba del tráfico y de la ciudad atascada de personas, y de la basura. Eso me fastidiaba muchísimo, ¿qué necesidad de un pinche francés estar padeciendo una ciudad tan horrible? Porque llegó a decirlo, que la ciudad era un infierno. Yo no le decía nada de Lyón porque en primer lugar ni conozco y en segundo qué ganas iba yo a tener de estar peleando con un pendejo.
Así entre los buenos y los malos momentos se nos fue casi un año y llegó el día de las madres. Yo estaba algo emocionada porque había planeado llevarle serenata a mi mamá en la madrugada. Julliard estaba muy apático porque hace mucho tiempo que los mariachis habían dejado de causarle impresión, inclusive de Garibaldi decía “c'est un lieu puant” (1) y no se que tanto más. Yo ya ni le decía nada porque una: ni le entendía bien, y dos: qué ganas iba yo a tener de estar argumentando pendejadas con un francés mamón.
El chiste es que mi amigo Rigoberto me acompañó por el mariachi junto con Julliard (que traía una actitud horripilante). Salvo eso todo estaba bastante bien, hasta que a Rigo se le ocurre preguntarle a Julliard que si le iba a llamar a su mamá en Francia para felicitarla o si tenía algo planeado para ese día. Julliard le contestó simplemente que no haría nada. Yo le expliqué a Rigo que en Francia el día de las madres era como dentro de tres semanas, pero él lo tomó a broma y dijo: “No me engañes, no me engañes, lo que pasa es que el Julliard no tiene madre” Y que nos empezamos a reír el Rigo y yo.
Después de ese incidente, que casi estoy segura que el francés ni entendió bien pero que de todos modos lo hizo enojar, las cosas se pusieron bastante tensas entre él y yo. Dejamos de vernos un par de semanas hablándonos ocasionalmente, hasta que él me pidió muy amablemente que fuera a su casa para ayudarle a editar un video de México que le mandaría a un amigo a Lyon, que según para ver si se animaba a venir.
Llegué a su casa, que compartía con un chico de Monterrey y otro belga, y en lo que él me preparaba un café me puse a revisar mi correo electrónico aprovechando que tenía abierto el hotmail. Ví que en la bandeja de entrada había puras tonterías, cadenas y demás cosas; pero como el chico belga, que se llamaba Armand, hablaba con Julliard en la cocina y no se veía que fueran a terminar la conversación rápido, abrí uno de los correos que se llamaba FW: chistes cortos o algo más o menos así.
No se si fue porque el francesín ya me tenía hasta la madre o simplemente porque me dio gracia genuina, pero me empecé a reír bastante fuerte después de que leí un chiste de franceses. Julliard oyó la carcajada y me preguntó qué me hacía tanta gracia. Entonces inocentemente le leí el chiste en voz alta:
- ¿Cómo hace un francés para que no le roben su dinero?
- Lo esconde debajo del jabón
Y que se encabrona… se le puso roja la cara y lo único que me dijo fue: “tu es folle, les mexicains sont les dégoûtants!”(2). Después de eso se encerró en su recámara y yo me quedé junto a Armand con cara de pendeja. Obviamente me despedí como diez segundos después para que el belga no me dijera nada de mi imprudencia o incluso para que no se pusiera de mi lado, porque al fin y al cabo en ese momento todos los extrangeros me caían de la chingada por igual; pero apenas salí del departamento me acordé que ese wey tenía mis discos todavía y me dio un buen de coraje; hasta me dieron ganas de tocar la puerta y decirle al pinche Armand que me los diera (de seguro estaban en la torrecita junto a la compu). Opté por la prudencia y mejor seguí mi camino para no buscar conflictos mayores.
Ya no tuve noticias de Julliard después de eso, yo no quería buscarlo bajo ninguna circunstancia, pero confieso que pensé que él me hablaría para disculparse o algo así; obviamente no tenía intención de hacerlo pues jamás me llamó por teléfono y nisiquiera me lo encontraba en el messenger. Total que transcurrieron unos seis meses sin saber qué había pasado con él y ya casi ni pensaba en el Julliard.
Era principios de diciembre y resulta que Rita, una amiga, me llamó por teléfono para decirme que acababa de cortar con su novio, y que estaba muy triste y bla bla bla. Le dije que fuera a mi casa para tomarnos unas cervezas, Rita no podía con su triste alma y decía que estaba horrible que su relación hubiera terminado poquitito antes de navidad porque las fiestas no las iba a disfrutar y que a las posadas iba a ir sola, y creo que hasta que Santa Claus no le iba a traer regalos por patética. Yo para consolarla le dije que era una buena etapa para terminar una mala relación porque iba a empezar el año y los comienzos eran muy simbólicos; hasta le argumenté: “mira Rita, tú como dice la canción; diciembre me gustó pa´que te vayas, que sea tu cruel adiós mi navidad, no quiero empezar el año nuevo con este viejo amor que me hace tanto mal”… y en eso que siento como se me retuercen las tripas del coraje y que le digo a la Rita: “¡Pinche francés, se quedó con mis discos de Jose Alfredo Jimenez!”
(1) Ese lugar apesta
(2) ¡Estás loca, si los mexicanos son los repugnantes!
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cuentos,
non sense nocturno
1/02/2009
Mientras escuchaba un coro
Como jamás imaginaron que moriría, pues cuando se mira el sol nadie piensa en la noche, se pusieron a hacer miles de planes de las cosas que debían hacer juntos, pues con tan buena compañía serían gloriosas. En la lista había muchísima música que escuchar, muchísimo cine que ver, muchísmos lugares a donde ir. Pero un día, antes de hacer todo eso, se murió.
Frente a tantas promesas inconclusas a quien no murió le dio la impresión de que sería un desperdicio dejar intactos los planes; así que se dispuso a disfrutar de aquellos placeres pensados para dos, en soledad o en compañía de otra persona. Valió la pena hacerlo porque a lo largo de los años escuchó mucha música bella, vio muchas películas fabulosas y visitó muchos lugares impactantes. Fue tanto su disfrute que tiempo después le asaltó el pensamiento de que probablemente si no se hubiera muerto jamás habrían hecho esas cosas juntos, simplemente la lista hubiera aumentado sus dimensiones, así que su muerte no le pareció tan triste en ese momento. Aún así a la vez pensó que había sido muy bueno que hubiera vivido, porque esa lista tan interesante no se le hubiera ocurrido a él solo.
Frente a tantas promesas inconclusas a quien no murió le dio la impresión de que sería un desperdicio dejar intactos los planes; así que se dispuso a disfrutar de aquellos placeres pensados para dos, en soledad o en compañía de otra persona. Valió la pena hacerlo porque a lo largo de los años escuchó mucha música bella, vio muchas películas fabulosas y visitó muchos lugares impactantes. Fue tanto su disfrute que tiempo después le asaltó el pensamiento de que probablemente si no se hubiera muerto jamás habrían hecho esas cosas juntos, simplemente la lista hubiera aumentado sus dimensiones, así que su muerte no le pareció tan triste en ese momento. Aún así a la vez pensó que había sido muy bueno que hubiera vivido, porque esa lista tan interesante no se le hubiera ocurrido a él solo.
12/25/2008
El hombre que nunca existió
Él no existió, ni su cuerpo, ni su cara, ni su voz. Por eso su nombre no hallo en la memoria, ni tengo una imagen física con que asociarlo. Él no existió, ni sus cartas, ni sus llamadas, ni su número de teléfono, por eso no encuentro sus datos en mi agenda, ni su presencia en mi caja de objetos para no olvidar. Él no existió, ni su caligrafía, ni sus dibujos; es más ¿si hubiera existido le habría gustado dibujar? no hay modo de saberlo, se puede especular, pero como él no existió nunca se sabrá.
Y aunque no existió derrepente me topo con alguna cosa suya, que no me consta que sea suya, simplemente es una cosa extraña a mi alrededor, que como no es mía supongo que no puede ser de nadie más que de él. Creo que de ahí se que tal vez si hubiera existido le habría gustado dibujar, porque un día me encontré un plumón en mi escritorio y yo no lo compré. También las hojas de papel se me aparecen por ahí, pero de papel raro, papel caro, con textura... papel que como el plumón yo tampoco compraría.
Pero él no existió porque en mí no hay nada de él, ni un instante fugaz en la memoria, ni una sílaba de palabras dichas por él. Cuando cierro los ojos pensando en su existencia no aparece el mínimo destello de su presencia, por eso creo que nunca vivió, que nunca nació, que nunca pisó mi casa ni tocó mis muebles, nunca durmió en mi cama, nunca.
Ayer encontré un par de boletos de autobús usados en uno de mis cajones, un par de boletos de autobús que iban a un lugar al que nunca he ido yo. ¿Cómo se explica eso? ¿quién fue a ese lugar? lo repito: yo no. Cuando vuelvo a ese día (el marcado en los boletos que nunca usé) recuerdo claramente que terminé de leer un libro de Paul Auster y hasta que comí un guiso con papas, eso sí que lo tengo muy claro; pero por supuesto que no recuerdo haber subido a un autobús con ese hombre que no existió, porque si lo recordase... él existiría, pero como no lo recuerdo él no existió. Lo peor del hallazgo de los boletos fue encontrar junto a ellos una postal de ese lugar al que nunca fui, con nada escrito al reverso, nada que bien pudo haber sido algo escrito con un plumón parecido al que nunca compré y hallé en mi escritorio, sí, algo pudo haberse dicho con letras escritas con el plumón existente del hombre que nunca existió.
Pese a las vagas evidencias de sus días en mi vida, que claro está nunca pasaron, cuando pienso con detenimiento en ellas me convenzo nuevamente de que él nunca existió, aún si tengo música en mi computadora que nunca he escuchado y por supuesto jamás puse ahí, él tampoco la puso porque jamás existió... no puede ser, de verdad que no.
Y aunque no existió derrepente me topo con alguna cosa suya, que no me consta que sea suya, simplemente es una cosa extraña a mi alrededor, que como no es mía supongo que no puede ser de nadie más que de él. Creo que de ahí se que tal vez si hubiera existido le habría gustado dibujar, porque un día me encontré un plumón en mi escritorio y yo no lo compré. También las hojas de papel se me aparecen por ahí, pero de papel raro, papel caro, con textura... papel que como el plumón yo tampoco compraría.
Pero él no existió porque en mí no hay nada de él, ni un instante fugaz en la memoria, ni una sílaba de palabras dichas por él. Cuando cierro los ojos pensando en su existencia no aparece el mínimo destello de su presencia, por eso creo que nunca vivió, que nunca nació, que nunca pisó mi casa ni tocó mis muebles, nunca durmió en mi cama, nunca.
Ayer encontré un par de boletos de autobús usados en uno de mis cajones, un par de boletos de autobús que iban a un lugar al que nunca he ido yo. ¿Cómo se explica eso? ¿quién fue a ese lugar? lo repito: yo no. Cuando vuelvo a ese día (el marcado en los boletos que nunca usé) recuerdo claramente que terminé de leer un libro de Paul Auster y hasta que comí un guiso con papas, eso sí que lo tengo muy claro; pero por supuesto que no recuerdo haber subido a un autobús con ese hombre que no existió, porque si lo recordase... él existiría, pero como no lo recuerdo él no existió. Lo peor del hallazgo de los boletos fue encontrar junto a ellos una postal de ese lugar al que nunca fui, con nada escrito al reverso, nada que bien pudo haber sido algo escrito con un plumón parecido al que nunca compré y hallé en mi escritorio, sí, algo pudo haberse dicho con letras escritas con el plumón existente del hombre que nunca existió.
Pese a las vagas evidencias de sus días en mi vida, que claro está nunca pasaron, cuando pienso con detenimiento en ellas me convenzo nuevamente de que él nunca existió, aún si tengo música en mi computadora que nunca he escuchado y por supuesto jamás puse ahí, él tampoco la puso porque jamás existió... no puede ser, de verdad que no.
11/02/2008
Una copa...
Le preguntaba a Anselmo acerca de la tristeza y del amor, ambos conceptos entrelazados: la tristeza trae implícito el amor en alguna forma, el amor trae implícita la tristeza de alguna forma... al menos el amor que se vuelve drama. Anselmo callaba junto a la copa de vino posada en la mesa; el brevaje rojizo lucía hipnotizante por un extraño haz de luz que lo traspasaba desde el fondo de la ventana. Ese vino era un poco amor y un poco tristeza: carmesí, apasionado, potente, aromático... y a la vez líquido, disuelto, frágil... Y no sólo el vino era eso, todo era un poco amor y un poco tristeza, la comprobación de que lo sublime tiene su parte de decepción, la muestra de que a la plenitud se le escurre la perfección por algún lado, y se vuelve un "casi", un "por poco"... Así era el perfume delicioso que después olía solamente a alcohol, o la mancha en el vestido de seda, el rayón en el disco, la nube que cubre la luna; el amigo llamado Anselmo, que es sólo un gato...y no habla
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cuentos,
juro que iba a escribir otra cosa
7/22/2008
Luciérnagas
La oscuridad enmarcaba el momento, sin luna ni nada, las estrellas no salían y eso era raro, en ese instante no me sorprendió, pero ahora que lo pienso era bastante raro... acaso no estábamos al aire libre? puede ser que en realidad todo se tratara de una artimaña ambiental que jugaba muy bien el papel de intemperie? Eso no lo pensé, eso no importó realmente. Tú y yo, y la penumbra. no hablamos porque eso de hablar no importa a veces, ya había aprendido que las palabras sobran o más bien faltan en esos casos. El abrazo es el lenguaje más preciso para expresar lo que se siente, lo que se vive. La respiración faltando, eso es indicio inequívoco de que algo muere, se apaga, como las estrellas en esa ocasión... Percibí como dejábamos de existir como un par, que nos iríamos extinguiendo como la llama de una vela a falta de oxígeno, como el experimento escolar en el que pones un vaso sobre el etéreo fuego y este queda atrapado sin posibilidad de crecer, dejando sólo el recuerdo de que existió mientras contemplas su muerte. No había luz ni una pizca, ni un indicio; ambos callados en el vacío de una noche sin iluminación, una noche de oscuridad plena, total, atemorizante. El lugar parecía irreal, no veía nada, los ojos sobraban, no podía verte. No existía el movimiento, todo era silencio, inclusive nuestros cuerpos parecían ya muertos, nuestro abrazo era estático, resignado, inerte, desesperanzado... derrepente, casi a punto de rendirnos por la falta de señales brotó a la distancia un destello, no se si tú lo viste primero o fui yo; un movimiento salió del corazón, parecía volver a latir ante ese fuego profético que dio calor a la noche; detrás de ese destello siguieron otros muchos, que surgían y se apagaban con rapidez, pero que iluminaron el entorno uno tras otro, como trayendo nueva ilusión al presente. Un movimiento surgió, el que provoca el escalofrío, un tiritar que compartimos, que nació de tu piel o de la mía, tal vez en una primero y contagió a la otra o tal vez al mismo tiempo, como un orgasmo simultáneo. La vida parecía volver a llenarnos, a inundar nuestros espíritus. Llenos estábamos de la magia de las luces, que nos acercaron a ese beso que creímos que ya nunca llegaría
3/04/2008
Martha
A Martha le gusta la música que no le gusta a los niños.
Martha tiene 9 años y me recuerda un poema... uno que menciona a una niña cuya mirada deja a su papá totalmente convencido de que ella es muy inteligente, de que lla observa, de que ella piensa y que analiza.
A Martha no le gusta que le digan Marthita... se siente pequeña. Ella quiere ser grande, ella tiene ganas de hablar de cosas importantes.
Yo no sé por qué Martha es así. No la recuerdo jugando en el suelo, no la recuerdo sucia y con mocos. Siempre se queda sentada a la mesa con los grandes. Mira atentamente, escucha las conversaciones, tengo la impresión de que se está llevando una mala impresión del mundo del mundo adulto, y aún así no quiere ser niña.
Para Martha un niño es un adulto a la mitad, y ella es completita.
Marthita, que daño te han hecho tus padres. Todo será más triste para tí, cuando crezcas no tendrás el refugio de los recuerdos infantiles para evadir un presente lleno de adultez.
Martha tiene 9 años y me recuerda un poema... uno que menciona a una niña cuya mirada deja a su papá totalmente convencido de que ella es muy inteligente, de que lla observa, de que ella piensa y que analiza.
A Martha no le gusta que le digan Marthita... se siente pequeña. Ella quiere ser grande, ella tiene ganas de hablar de cosas importantes.
Yo no sé por qué Martha es así. No la recuerdo jugando en el suelo, no la recuerdo sucia y con mocos. Siempre se queda sentada a la mesa con los grandes. Mira atentamente, escucha las conversaciones, tengo la impresión de que se está llevando una mala impresión del mundo del mundo adulto, y aún así no quiere ser niña.
Para Martha un niño es un adulto a la mitad, y ella es completita.
Marthita, que daño te han hecho tus padres. Todo será más triste para tí, cuando crezcas no tendrás el refugio de los recuerdos infantiles para evadir un presente lleno de adultez.
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cuentos
3/03/2008
ventana
Como cada noche fumaba en la ventana de la sala, cuidando que el olor a tabaco no se filtrara al interior de la casa... me puse a pensar en él y en todas las razones por las que pensaba en él y no encontré una respuesta. El cigarro comenzó a molestarme y deidí dejarlo morirse antes de tiempo. Una decisión sencilla, ante el gusto desagradable, una solución inmediata como esa que deseaba tener para todo lo que pasa en mi vida. La angustia empezaba a hacer palpitar mi corazón de un modo extraño, soy muy joven para sufrir taquicardias a media noche. Me sentí vacía en objetivos, no tenía idea de lo que quería en mi vida, desee que todo fuera más fácil de lo que ya era... bueno, de lo que "según ya era. A mi juicio uno hace que su vida se vuelva indescifrable, que el día a día parezca una tortura a veces. Mientras, el cigarro se iba consumiendo con la lentitud normal, haciendose humo y ceniza, pero fuera de mi boca, aunque cerca de mi naríz. Se me hizo muy ocioso seguir ahí, ya eran como las 2 de la mañana y e nuevo la noche no me traía las respuestas, probablemente porque las preguntas nunca eran las adecuadas... la oscuridad no le lee la mente a las personas. Decidí tirar el cigarro sin apagar por la ventana. Un segundo después de hacerlo oí un pequeño grito. Una voz de hombre, un pobre caminante nocturno había sido víctima de la quemadura inocente de un cigarro a medio fumar cuya trayectoria ideal hubiera sido el suelo sin obstáculos. Él tal vez paseaba debajo de mi ventana, a las 2 de la mañana... tan confundido como yo . No indagué más y sentí una poca de lástima por él aunque me reí en silencio de cualquier manera. Tal vez el cigarro quemándolo era la respuesta a alguna pregunta que había sabido formular correctamente a las tinieblas.
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historias,
momentos dignos de inventarse,
non sense nocturno
1/11/2008
atardecer
Como cuando se hacen viejos y dejan de pensar en el futuro... la voz de Jacinto ya nada más hablaba de recuerdos. Qué interés tendría ya en envolverse dentro de los avances que la vida ofrecía con cada parpadeo. Para qué, si aún cuando Conchita vivía, tres años atrás, ya se se adivinaba que muy pronto la vida no traería sino un olor putrefacto.
En tu mecedora te pones a ver hacia el cielo, buscando una nube que tenga forma de profecía, nada demasiado claro como para que lo entiendan el chamaco que atiende la tintorería de al lado, que en tu muy humilde opinión siempre ha sido un bruto. El cielo debe indicarte algo más sutil que las cuentas de un rosario, que la silueta de san Judas Tadeo, algo que solamente tu entiendas.
Se durmió pensando en algo que olvidó al despertar, y es que la memoria ya no daba cuenta de lo último sino de lo primero; del sonido de otro tiempo mejor en el que no se sentía tan ajeno al mundo, en el que su ser erguido atría las miradas al caminar por la avenida central y los callejones centrales de Sirulilla. Ahora daba pena mirarse al espejo, tan lejos de sí mismo, tan espectador de todo.
Se te cansa la vista, el cielo ya lastima, no hay señales para ti por ahora. Aún así decides quedarte en la terraza contemplando la tarde. Quien sabe por qué razón tus ojos se han quedado mirandote las manos. De joven las untabas con azucar y unas gotitas de limón para suavizarlas, te ríes pensando que nunca le dijiste a nadie que después de repasarte los dedos con la mezcla te dabas unos cuantos lengüetazos en la mano para saborear el dulce acidito.
Se le perdió la visión en la foto de Julieta, su hija. Quién hubiera dicho que moriría antes que él... antes que todos. Con su vestido de quince años luce tan viva y tan eterna que Jacinto se alegra de recordarla siempre joven, siempre sonriente, sin un semblante desgastado por la vida, tan difícil que es la vida. Se prepara un tecito, hasta hace pocos años nunca había tomado una bebida parecida. Ahora sus gustos eran fiel reflejo de su debil vejez. Brebajes tranquilos, comidas blanditas, todo tibiecito, todo suavecito... ¡qué vida carajo!
Dejas que el aire te despeine un poco, te gusta que corra frío sobre tu cara, que sople fuerte el viento y a la vez despeine a las nubes... cierras los ojos para oír mejor, tu sonido preferido es el viento mezclado con el silencio de una calle tranquila. Abres los ojos y unas lagrimitas se te resbala sin querer, tu mirada sigue la dirección de ese viento cargado de vida y descubres a un viejito bebiendo té en el edificio de enfrente.
En tu mecedora te pones a ver hacia el cielo, buscando una nube que tenga forma de profecía, nada demasiado claro como para que lo entiendan el chamaco que atiende la tintorería de al lado, que en tu muy humilde opinión siempre ha sido un bruto. El cielo debe indicarte algo más sutil que las cuentas de un rosario, que la silueta de san Judas Tadeo, algo que solamente tu entiendas.
Se durmió pensando en algo que olvidó al despertar, y es que la memoria ya no daba cuenta de lo último sino de lo primero; del sonido de otro tiempo mejor en el que no se sentía tan ajeno al mundo, en el que su ser erguido atría las miradas al caminar por la avenida central y los callejones centrales de Sirulilla. Ahora daba pena mirarse al espejo, tan lejos de sí mismo, tan espectador de todo.
Se te cansa la vista, el cielo ya lastima, no hay señales para ti por ahora. Aún así decides quedarte en la terraza contemplando la tarde. Quien sabe por qué razón tus ojos se han quedado mirandote las manos. De joven las untabas con azucar y unas gotitas de limón para suavizarlas, te ríes pensando que nunca le dijiste a nadie que después de repasarte los dedos con la mezcla te dabas unos cuantos lengüetazos en la mano para saborear el dulce acidito.
Se le perdió la visión en la foto de Julieta, su hija. Quién hubiera dicho que moriría antes que él... antes que todos. Con su vestido de quince años luce tan viva y tan eterna que Jacinto se alegra de recordarla siempre joven, siempre sonriente, sin un semblante desgastado por la vida, tan difícil que es la vida. Se prepara un tecito, hasta hace pocos años nunca había tomado una bebida parecida. Ahora sus gustos eran fiel reflejo de su debil vejez. Brebajes tranquilos, comidas blanditas, todo tibiecito, todo suavecito... ¡qué vida carajo!
Dejas que el aire te despeine un poco, te gusta que corra frío sobre tu cara, que sople fuerte el viento y a la vez despeine a las nubes... cierras los ojos para oír mejor, tu sonido preferido es el viento mezclado con el silencio de una calle tranquila. Abres los ojos y unas lagrimitas se te resbala sin querer, tu mirada sigue la dirección de ese viento cargado de vida y descubres a un viejito bebiendo té en el edificio de enfrente.
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12/18/2007
Manuel y la princesa
No me hubieras dejado esa noche... [share] [email]
3:26 AM
Hay historias que se cuentan mejor desde principio, pero esta no es una de ellas, es decir una historia.
Ext. Jardìn trasero. Noche
Es una noche iluminada con la luz de la luna, hay pasto en el jardìn ademàs de un columpio y una resbaladilla. En el columpio està sentada Princesa, y junto a ella està Manuel.
Princesa
Hay tantas cosas que quiero cambiar, pero no se puede.
Manuel
Si se puede, por que no habrìa de poderse.
Elipsis
Princesa y manuel estàn hablando a 10 cm de distancia, manuel la ve a los ojos y le acaricia la mejilla con el indice.
Manuel
Tienes toda la razòn
Princesa
No me estas escuchando lo que quiero decir es que...
Manuel la besa antes de que princesa termine su frase, y se trenzan en un beso apasionado.
Elipsis
Princesa està sentadaa horcajadas sobre manuel quien està tumbado en el pasto. Ella lo besa, el la sujeta fuertemente.
Princesa
No, asì no, un beso despacito.
Princesa, besa poco a poco a manuel quien la toca. Princesa brinca y rìe, Manuel la vuelve a tomar entre sus brazos.
La luna se ve a cuadro, una luna menguante.
FIN
Una vez mas amigos cuento una historia que no tiene sentido. Vaya, tenemos que poner cartas en el asunto.
Tengo una duda. Bueno luego se las pregunto... ¿ya vieron a que hora escribì esto? Eso explica el sinsentido, pues por eso ahi se ven
3:26 AM
Hay historias que se cuentan mejor desde principio, pero esta no es una de ellas, es decir una historia.
Ext. Jardìn trasero. Noche
Es una noche iluminada con la luz de la luna, hay pasto en el jardìn ademàs de un columpio y una resbaladilla. En el columpio està sentada Princesa, y junto a ella està Manuel.
Princesa
Hay tantas cosas que quiero cambiar, pero no se puede.
Manuel
Si se puede, por que no habrìa de poderse.
Elipsis
Princesa y manuel estàn hablando a 10 cm de distancia, manuel la ve a los ojos y le acaricia la mejilla con el indice.
Manuel
Tienes toda la razòn
Princesa
No me estas escuchando lo que quiero decir es que...
Manuel la besa antes de que princesa termine su frase, y se trenzan en un beso apasionado.
Elipsis
Princesa està sentadaa horcajadas sobre manuel quien està tumbado en el pasto. Ella lo besa, el la sujeta fuertemente.
Princesa
No, asì no, un beso despacito.
Princesa, besa poco a poco a manuel quien la toca. Princesa brinca y rìe, Manuel la vuelve a tomar entre sus brazos.
La luna se ve a cuadro, una luna menguante.
FIN
Una vez mas amigos cuento una historia que no tiene sentido. Vaya, tenemos que poner cartas en el asunto.
Tengo una duda. Bueno luego se las pregunto... ¿ya vieron a que hora escribì esto? Eso explica el sinsentido, pues por eso ahi se ven
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m11 mensa
7/12/2007
Incidente
Es raro ver a un desconocido dormido y acercarte a olerle el cabello. Siempre lo pensé así... bueno, mejor dicho nunca lo pensé así porque jamás se me habría ocurrido semejante cosa; pero ella me llamó mucho la atención, de una manera extremadamente rara.
Estabamos en la terminal del Norte por ahí de las 2 de la mañana. Isabel y yo teníamos que estar en San Luis Potosí muy temprano porque nos habían invitado a la boda de Alejandro su primo. Gracias al caracter caprichoso de Isa nuestro camión salía hasta las 4 de la mañana. A fuerzas quiso esperar la corrida del autobús de lujo... yo siempre he dicho que esa mujer es una mamona.
Como además de todo ella es muy independiente se le hizo fácil decirme que iba a darse una vueltecita por ahí en lo que salía el camión. Después de pedirle con toda la amabilidad que me fue posible que no anduviera caminando sola por la terminal porque era peligroso, me dejó parado en medio de la sala de espera de Omnibus de México tras darse la vuelta indignada por mi sugerencia. Pinche feminista.
Me enojé mucho con Isabel, pero no hice el menor esfuerzo de perseguirla. En esos momentos hasta me hubiera dado gusto que le pasara algo por ponerse tan loca.
Me imaginé que un tipo con cara de maleante le arrancaba la bolsa de la mano y que ella gritaba: ¡Pepe, Pepe, ayúdame! y mientras yo me hacía pendejo fingiendo que leía una revista o que estaba durmiendo...
Después de fantasear un poco con la venganza me di cuenta de que debía verme muy extraño parado en medio de la sala de espera, así que me senté en un lugar que estaba cerca. Obviamente me fijé que junto no hubiera otro lugar vacío, para que cuando mi novia regresara de su "paseo", tuviera que sentarse lejos de mí.
Como faltaba mucho tiempo para salir todavía me puse a contar los cuadritos del techo. Siempre que quería matar el tiempo y no había ningún recurso convencional se me ocurría contar lo que fuera. Isabel decía que eso era compulsión, pero qué iba a saber esa pinche vieja. Recuerdo que en la infancia contaba a la gente en la Iglesia durante la misa. Por eso siempre me gustaba sentarme hasta atrás.
Creo que fueron 426 cuadritos en el techo, los conté un par de veces y luego me cansé... miré hacia abajo para descansar el cuello y cuando alcé la vista ahí estaba ella.
El cabello de las mujeres por lo general me da igual, bueno, eso a menos de que lo hayan peinado con algún artefacto de esos que hacen que se vea mejor que por lo general, por eso se me hace raro que me llamara tanto la atención el de ella. Era muy chino, muy largo, voluptuoso diría yo. Le tapaba la mitad de la cara y eso hacía que se viera misteriosa. Me quedé mirándola fijamente hasta que su cabello comenzó a parecerse en mi cabeza a una especie de flor con los pétalos muy abiertos... una flor bonita, una flor libre... una flor perfumada. Miré el reloj de la estación y ya eran las 3:15 de la mañana.
Decidí aproximarme a la chica del cabello de flor antes de que llegara Isabel. Estaba muy dormida, bueno, dormida al menos. No se movía para nada, así que centré toda mi atención en sus chinos largos, como si eso fuera lo único vivo en su persona. Al rededor de ella solo estaban una señora y el que parecía ser su esposo, pero justo a su lado izquierdo todos los asientos estaban vacíos. Obviamente ocupé el más cercano a ella con naturalidad y comencé a estudiar su cabellera más de cerca. Verdaderamente se veía apetecible. Demasiado bella, como para desconfiar que fuera simplemente cabello. Pero ¿cómo puede una mujer tener pétalos en la cabeza?
Me cersioré de que la chica siguiera inmóvil antes de dar el siguiente paso. Como así era le clavé la naríz en los rizos. Olía a Rosas, margaritas y no se que otra flor con olor bonito, porque pues no soy joto para saber a que huele una gladiola. Mientras me llenaba del olor de ese cabello escuché una voz a lo lejos que gritaba algo como: ¡Pepe, Pepe, ayúdame!.. pero probablemente no se trataba de Isabel, porque en primera en este mundo hay un chingo de Pepes, y en segunda Isa sabe cómo cuidarse sola...
Estabamos en la terminal del Norte por ahí de las 2 de la mañana. Isabel y yo teníamos que estar en San Luis Potosí muy temprano porque nos habían invitado a la boda de Alejandro su primo. Gracias al caracter caprichoso de Isa nuestro camión salía hasta las 4 de la mañana. A fuerzas quiso esperar la corrida del autobús de lujo... yo siempre he dicho que esa mujer es una mamona.
Como además de todo ella es muy independiente se le hizo fácil decirme que iba a darse una vueltecita por ahí en lo que salía el camión. Después de pedirle con toda la amabilidad que me fue posible que no anduviera caminando sola por la terminal porque era peligroso, me dejó parado en medio de la sala de espera de Omnibus de México tras darse la vuelta indignada por mi sugerencia. Pinche feminista.
Me enojé mucho con Isabel, pero no hice el menor esfuerzo de perseguirla. En esos momentos hasta me hubiera dado gusto que le pasara algo por ponerse tan loca.
Me imaginé que un tipo con cara de maleante le arrancaba la bolsa de la mano y que ella gritaba: ¡Pepe, Pepe, ayúdame! y mientras yo me hacía pendejo fingiendo que leía una revista o que estaba durmiendo...
Después de fantasear un poco con la venganza me di cuenta de que debía verme muy extraño parado en medio de la sala de espera, así que me senté en un lugar que estaba cerca. Obviamente me fijé que junto no hubiera otro lugar vacío, para que cuando mi novia regresara de su "paseo", tuviera que sentarse lejos de mí.
Como faltaba mucho tiempo para salir todavía me puse a contar los cuadritos del techo. Siempre que quería matar el tiempo y no había ningún recurso convencional se me ocurría contar lo que fuera. Isabel decía que eso era compulsión, pero qué iba a saber esa pinche vieja. Recuerdo que en la infancia contaba a la gente en la Iglesia durante la misa. Por eso siempre me gustaba sentarme hasta atrás.
Creo que fueron 426 cuadritos en el techo, los conté un par de veces y luego me cansé... miré hacia abajo para descansar el cuello y cuando alcé la vista ahí estaba ella.
El cabello de las mujeres por lo general me da igual, bueno, eso a menos de que lo hayan peinado con algún artefacto de esos que hacen que se vea mejor que por lo general, por eso se me hace raro que me llamara tanto la atención el de ella. Era muy chino, muy largo, voluptuoso diría yo. Le tapaba la mitad de la cara y eso hacía que se viera misteriosa. Me quedé mirándola fijamente hasta que su cabello comenzó a parecerse en mi cabeza a una especie de flor con los pétalos muy abiertos... una flor bonita, una flor libre... una flor perfumada. Miré el reloj de la estación y ya eran las 3:15 de la mañana.
Decidí aproximarme a la chica del cabello de flor antes de que llegara Isabel. Estaba muy dormida, bueno, dormida al menos. No se movía para nada, así que centré toda mi atención en sus chinos largos, como si eso fuera lo único vivo en su persona. Al rededor de ella solo estaban una señora y el que parecía ser su esposo, pero justo a su lado izquierdo todos los asientos estaban vacíos. Obviamente ocupé el más cercano a ella con naturalidad y comencé a estudiar su cabellera más de cerca. Verdaderamente se veía apetecible. Demasiado bella, como para desconfiar que fuera simplemente cabello. Pero ¿cómo puede una mujer tener pétalos en la cabeza?
Me cersioré de que la chica siguiera inmóvil antes de dar el siguiente paso. Como así era le clavé la naríz en los rizos. Olía a Rosas, margaritas y no se que otra flor con olor bonito, porque pues no soy joto para saber a que huele una gladiola. Mientras me llenaba del olor de ese cabello escuché una voz a lo lejos que gritaba algo como: ¡Pepe, Pepe, ayúdame!.. pero probablemente no se trataba de Isabel, porque en primera en este mundo hay un chingo de Pepes, y en segunda Isa sabe cómo cuidarse sola...
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5/21/2007
La menstruacions
Le pregunté a Ignacio que de qué se le ocurría que podía tratar una página de internet que se llamara laverdad.com. Puso su cara de gran pensador como tres segundos e hizo su ademán de sabiduría: “una página de filosofía obviamente… aunque pensándolo bien una de noticias, porque la gente tiene pedos…”
Yo se lo pregunté para dejar de pensar que mi existencioa carecía de compañías interesantes e inteligentes… pero me dí cuenta que el problema era yo, porque aunque él estaba muy mono con su actitud contemplativa, casi un arquetipo de iluminación, yo sólo podía verme los pies recriminándome las uñas demasiado largas… vaya ser humano, chingada madre!
Más tarde manejabaa el coche a la hora que Claudia Canto tiene su programa en 2704 de am… estaba hablando de la menstruación por vez 800 y me pareció interesante por primera ocasión. Siempre la oía, y siempre platicaba de cosas estúpidas con otras personajas radiofónicas… pero en ese momento comprendí que haberla ecuchado 1064 veces antes sólo era parte del camino para llegar a ese instante de revelación.
La menstruación es interesante… claro que lo es, porque rige muchos comportamientos femeninos inexplicables. En el interior de una mujer está ocurriendo una tortura, un martirio “sangriento” que nadie atina a compadecer… Pinche Claudia Canto, me abriste los ojos a la realidad de mis problemas.
Ví a Nacho un poco más tarde esa tarde y consideré que no era necesario hacerle alguna otra pregunta boba… bueno, tal vez una: ¿qué es una menstruación emocional? Él tenía algo de sueño, pero una pregunta de esas no se deja pasar con facilidad si eres Ignacio Vela Vargas. Nacho nunca preguntaba de dónde se me ocurrían esos cuestionamientos, por eso siempre pensé que sería un pésimo psicólogo si lo intentara, pero él estudiaba letras… según, y para un letrado la pregunta tal vez sea más importante que el orígen de la misma… o al revés, qué se yo.
“Una menstruación emocional es la pérdida de sangre emocional, producida por el desprendimiento del endometrio emocional, porque no se dio una fecundación emocional… y en la fecundación emocional está el meollo… es como que te falta tu complemento ¿sabes? Es estar partido en el sentido de la pasión visceral: y sangras, y te duele, y se desperdicia un cacho de inspiración, así como brillo que se esfuma…”
Y lo expresó tan bonito que se me olvidó qué habría contestado yo… Pinche Nacho Vela, te la bañaste.
Platicamos de otras boberías varias hasta que llegó su novia por él, y como no nos caemos cada quien se fue para su destino… y ellos con el carro porque no era mío. No pude evitar ver que la Mafer traía unos tennis muy parecidos a los que yo traía, así que en el camino a ninguna parte iba pensando en si ella y yo tendríamos algo más en común que los zapatos. Así sin analizar demasiado en la lista pondría: 1.- Nacho, 2.- Tennis anaranjados. Aunque ella le decía quesito a ese wey… y yo ni borracha le diría así, es que esa Mafer se pasaba de estúpida… llegué a la conclusión de que le decía quesito, porque un nacho solo no es tan chido como una nacho con “quesito”… ña. Vaya alguien a saber la verdad. Nunca entendí por qué el Ignacio dejaba que le dijera así en frente de otras personas, pero supongo que como todo le vale madres eso también. Y con respecto a los tennis podía ser una cosa de que hace como seis meses el naranja hubiera estado de moda.
Minutos después caminaba sobre Illinois para llegar a mi casa y no se por qué se me vino a la mente que la Mafer y yo teníamos mucho más en común que los tennis naranja… me pasé de mensa… ¡pues la menstruación también!
No podría explicarlo, pero en ese momento sentí como si María Fernanda se apellidara Ruelas, o sea, que fuera mi hermana… y es más, mi hermana gemela. Sentí una gran conexión por el hecho de ser ambas mujeres, ambas menstruadoras, ambas presas de un martirio aparentemente inexistente…
Pobrecita de Mafer, tanto que le hacía caras yo y resulta que era como sangre de mi sangre. Podía apostar que en ese preciso momento padecía su mestruación también, y que igual que yo creía en esos días que carecía de compañías interesantes e inteligentes… ¿pero cómo saberlo a ciencia cierta…?
No apareció otro remedio en mi cabeza más que llamarle a Nacho… y preguntarle.
-Sí, bueno… este, oye Nacho ¿Sigues con Mafer…?
-Sí, pero pues al rato te veo, te hablo como a las 9
-Está chido, oye, ¿y no sabes si está menstruando?
-¿quién está menstruando?
-No wey, que si no sabes si la Mafer está menstruando
-¿Emocionalmente o de verdad?
-De verdad, lo otro son mamadas… - y que nos reímos-
A lo lejos oí a Mafer preguntándole que con quien hablaba, y qué quién menstruaba y no se que tantas otras cosas muy acordes a su falta de buen humor. Al final le colgué a Nacho convencida de que ese era el estado natural de su novia y que probablemente no estaba menstruando y era casi seguro que no tuvieramos nada en común, ni siquiera los tennis naranja porque apostaría a que se los prestó una prima. Y esa supuesta sensación compartida del no interesante, no inteligente tal vez sí tenía que ver algo con la menstruación, pero seguro sólo con la mía.
Yo se lo pregunté para dejar de pensar que mi existencioa carecía de compañías interesantes e inteligentes… pero me dí cuenta que el problema era yo, porque aunque él estaba muy mono con su actitud contemplativa, casi un arquetipo de iluminación, yo sólo podía verme los pies recriminándome las uñas demasiado largas… vaya ser humano, chingada madre!
Más tarde manejabaa el coche a la hora que Claudia Canto tiene su programa en 2704 de am… estaba hablando de la menstruación por vez 800 y me pareció interesante por primera ocasión. Siempre la oía, y siempre platicaba de cosas estúpidas con otras personajas radiofónicas… pero en ese momento comprendí que haberla ecuchado 1064 veces antes sólo era parte del camino para llegar a ese instante de revelación.
La menstruación es interesante… claro que lo es, porque rige muchos comportamientos femeninos inexplicables. En el interior de una mujer está ocurriendo una tortura, un martirio “sangriento” que nadie atina a compadecer… Pinche Claudia Canto, me abriste los ojos a la realidad de mis problemas.
Ví a Nacho un poco más tarde esa tarde y consideré que no era necesario hacerle alguna otra pregunta boba… bueno, tal vez una: ¿qué es una menstruación emocional? Él tenía algo de sueño, pero una pregunta de esas no se deja pasar con facilidad si eres Ignacio Vela Vargas. Nacho nunca preguntaba de dónde se me ocurrían esos cuestionamientos, por eso siempre pensé que sería un pésimo psicólogo si lo intentara, pero él estudiaba letras… según, y para un letrado la pregunta tal vez sea más importante que el orígen de la misma… o al revés, qué se yo.
“Una menstruación emocional es la pérdida de sangre emocional, producida por el desprendimiento del endometrio emocional, porque no se dio una fecundación emocional… y en la fecundación emocional está el meollo… es como que te falta tu complemento ¿sabes? Es estar partido en el sentido de la pasión visceral: y sangras, y te duele, y se desperdicia un cacho de inspiración, así como brillo que se esfuma…”
Y lo expresó tan bonito que se me olvidó qué habría contestado yo… Pinche Nacho Vela, te la bañaste.
Platicamos de otras boberías varias hasta que llegó su novia por él, y como no nos caemos cada quien se fue para su destino… y ellos con el carro porque no era mío. No pude evitar ver que la Mafer traía unos tennis muy parecidos a los que yo traía, así que en el camino a ninguna parte iba pensando en si ella y yo tendríamos algo más en común que los zapatos. Así sin analizar demasiado en la lista pondría: 1.- Nacho, 2.- Tennis anaranjados. Aunque ella le decía quesito a ese wey… y yo ni borracha le diría así, es que esa Mafer se pasaba de estúpida… llegué a la conclusión de que le decía quesito, porque un nacho solo no es tan chido como una nacho con “quesito”… ña. Vaya alguien a saber la verdad. Nunca entendí por qué el Ignacio dejaba que le dijera así en frente de otras personas, pero supongo que como todo le vale madres eso también. Y con respecto a los tennis podía ser una cosa de que hace como seis meses el naranja hubiera estado de moda.
Minutos después caminaba sobre Illinois para llegar a mi casa y no se por qué se me vino a la mente que la Mafer y yo teníamos mucho más en común que los tennis naranja… me pasé de mensa… ¡pues la menstruación también!
No podría explicarlo, pero en ese momento sentí como si María Fernanda se apellidara Ruelas, o sea, que fuera mi hermana… y es más, mi hermana gemela. Sentí una gran conexión por el hecho de ser ambas mujeres, ambas menstruadoras, ambas presas de un martirio aparentemente inexistente…
Pobrecita de Mafer, tanto que le hacía caras yo y resulta que era como sangre de mi sangre. Podía apostar que en ese preciso momento padecía su mestruación también, y que igual que yo creía en esos días que carecía de compañías interesantes e inteligentes… ¿pero cómo saberlo a ciencia cierta…?
No apareció otro remedio en mi cabeza más que llamarle a Nacho… y preguntarle.
-Sí, bueno… este, oye Nacho ¿Sigues con Mafer…?
-Sí, pero pues al rato te veo, te hablo como a las 9
-Está chido, oye, ¿y no sabes si está menstruando?
-¿quién está menstruando?
-No wey, que si no sabes si la Mafer está menstruando
-¿Emocionalmente o de verdad?
-De verdad, lo otro son mamadas… - y que nos reímos-
A lo lejos oí a Mafer preguntándole que con quien hablaba, y qué quién menstruaba y no se que tantas otras cosas muy acordes a su falta de buen humor. Al final le colgué a Nacho convencida de que ese era el estado natural de su novia y que probablemente no estaba menstruando y era casi seguro que no tuvieramos nada en común, ni siquiera los tennis naranja porque apostaría a que se los prestó una prima. Y esa supuesta sensación compartida del no interesante, no inteligente tal vez sí tenía que ver algo con la menstruación, pero seguro sólo con la mía.
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4/03/2007
Seres opacos
Andábamos dando la vuelta por el parque y se acercó el perro de mi vecino. Siempre he dicho que es igualito a su dueño, tal vez hasta un poquito más agraciado. Nos miró con desdén... como si se hubiera acercado simplemente para despreciarnos en la proximidad; para que sintiéramos su aliento infestado de croquetas hacernos de menos con una repugnancia inexplicable... eso nos pareció... hasta que recordamos que era un simple perro.
Por esos días traíamos la mente llena de humo blanco. Gas cegador que nublaba la vista y hasta la vida. No nos molestaba sentirnos perdidos en las nubes, le hallamos el chiste y la gracia a esa situación no tan alentadora. Al fin y al cabo la existencia necesita de ratos de vacío, momentos donde el cerebro salga de paseo para retomar el pensamiento con mayores bríos cuando se vea obligado a volver.
Nos sentamos en el pasto color amarillo y algo nos dijo que era otoño. Los referentes estaban allí, sólo que parecían bañados en vapor alucinante. Nos tomamos la mano y recostados en la hierba se nos hizo fácil cerrar los ojos para ver hacia dentro. Yo no sé lo que encontró en su interior (aunque siempre me lo preguntaba), pero en el mio simplemente vi colores tenues: azules, verdes... muy relajantes todos, todos muy suaves, llenos de sueño latente.
Despertamos y él se veía raro, como un holograma... sus movimientos parecían ser tan sólo un par: ojos cerrados, ojos abiertos; brazo adelantado, brazo retrasado. Tal vez yo me veía un poco como él, porque de nuevo el perro se acercó para demostrarnos que éramos menos que un despojo, que una palabra olvidada entre tantas letras dichas.
Volvimos a la casa y minutos después de cruzar el umbral dijo algo como: "me voy a morir". Saboree el sonido a un ritmo lento, como si fuera necesario repasar con detalle las sílabas: me-voy-a-mo-rir... inclusive cada letra: m-e-v-o-y-a-m-o-r-i-r. Recordé derrepente que había algo llamado muerte... morir... morirse... vaya idea, qué miedo que se le ocurriera decir esas cosas cuando el eter y nosotros éramos como un mismo concepto.
Cayó al suelo haciendo un ruido que jamás había escuchado; puede que por eso me haya quedado estupefacta tantos segundos mirándoloe tendido sobre la alfombra color vino, tan anticuada, tan llena de años... tan limpia. Sus ojos dejaron de brillar después de unos minutos; se volvieron opacos como nuestro cerebro, llenos de un vapor que empañaba, como cataratas de viejo.
Lo observé dejar de ser él mismo algunas horas. Derrepente cerraba mis ojos para ver hacia dentro y podía darme cuenta de que los colores tenues se iban haciendo más de verdad. Ya no me preguntaba qué estaría viendo él porque de alguna manera sabía que ya veía cosas más lejanas e incomprensibles.
Me quedé perdida en el interior de mi cabeza hasta que el ladrido del perro del vecino se hizo presente en el aire... lo bueno es que él ya no escuchaba cómo nos repudiaba con su ser canino. Casi oía yo cómo gritaba entre gruñidos que seguía creyendo que valíamos menos que un pedazo de su mierda.
Por esos días traíamos la mente llena de humo blanco. Gas cegador que nublaba la vista y hasta la vida. No nos molestaba sentirnos perdidos en las nubes, le hallamos el chiste y la gracia a esa situación no tan alentadora. Al fin y al cabo la existencia necesita de ratos de vacío, momentos donde el cerebro salga de paseo para retomar el pensamiento con mayores bríos cuando se vea obligado a volver.
Nos sentamos en el pasto color amarillo y algo nos dijo que era otoño. Los referentes estaban allí, sólo que parecían bañados en vapor alucinante. Nos tomamos la mano y recostados en la hierba se nos hizo fácil cerrar los ojos para ver hacia dentro. Yo no sé lo que encontró en su interior (aunque siempre me lo preguntaba), pero en el mio simplemente vi colores tenues: azules, verdes... muy relajantes todos, todos muy suaves, llenos de sueño latente.
Despertamos y él se veía raro, como un holograma... sus movimientos parecían ser tan sólo un par: ojos cerrados, ojos abiertos; brazo adelantado, brazo retrasado. Tal vez yo me veía un poco como él, porque de nuevo el perro se acercó para demostrarnos que éramos menos que un despojo, que una palabra olvidada entre tantas letras dichas.
Volvimos a la casa y minutos después de cruzar el umbral dijo algo como: "me voy a morir". Saboree el sonido a un ritmo lento, como si fuera necesario repasar con detalle las sílabas: me-voy-a-mo-rir... inclusive cada letra: m-e-v-o-y-a-m-o-r-i-r. Recordé derrepente que había algo llamado muerte... morir... morirse... vaya idea, qué miedo que se le ocurriera decir esas cosas cuando el eter y nosotros éramos como un mismo concepto.
Cayó al suelo haciendo un ruido que jamás había escuchado; puede que por eso me haya quedado estupefacta tantos segundos mirándoloe tendido sobre la alfombra color vino, tan anticuada, tan llena de años... tan limpia. Sus ojos dejaron de brillar después de unos minutos; se volvieron opacos como nuestro cerebro, llenos de un vapor que empañaba, como cataratas de viejo.
Lo observé dejar de ser él mismo algunas horas. Derrepente cerraba mis ojos para ver hacia dentro y podía darme cuenta de que los colores tenues se iban haciendo más de verdad. Ya no me preguntaba qué estaría viendo él porque de alguna manera sabía que ya veía cosas más lejanas e incomprensibles.
Me quedé perdida en el interior de mi cabeza hasta que el ladrido del perro del vecino se hizo presente en el aire... lo bueno es que él ya no escuchaba cómo nos repudiaba con su ser canino. Casi oía yo cómo gritaba entre gruñidos que seguía creyendo que valíamos menos que un pedazo de su mierda.
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3/24/2007
Disertaciones mancas
El día que me di cuenta de que mi brazo izquierdo me estorbaba recordé que había dejado mochila en el salón 804. Mientras caminaba hacía allá, noté que esa parte de mi cuerpo realmente no servía para nada. Por lo general apoyaba la mochila en el hombro izquierdo, así que sin su peso me resultó bastante estúpido traer esa tira de carne colgando de puro adorno. Me sentía muy incómoda al percibir su aparente inmovilidad. Ese día llevaba puesta una chaqueta sin bolsillos, así que no podía ocultarlo parcialmente de mi vista para ponerme a pensar alguna otra insensatez... brazo estorboso, brazo estorboso, brazo estorbosísimo!!!! Pero que no se piense que soy una loca; yo se que existen miles de motivos por los que una persona debe estar complacida de poseer un brazo izquierdo... simplemente en ese momento no se me ocurría ninguno.
Mientras más me adentraba en ese pensamiento, más lógico me parecía. Miraba a la gente que se me cruzaba en los pasillos y de alguna manera sentía su muda aprobación respecto a mi idea. Un brazo izquierdo no sirve... es un lastre... un kilo de carne que se balancea casi imperceptiblemente a tu lado; un compañero no querido, una sombra, un espía... un... un... un... y entonces sonó mi teléfono.
Contesté con la mano derecha como para apoyar mi premisa de la inutilidad izquierda. Era Claudia y de nuevo se sentía triste. Colgamos justo cuando me hallaba a las puertas del salón 804. Busqué mi mochila por todos lados pero alguien se la había llevado. Estaba yo tan atontada con mis ideas que no me importó mucho la pérdida; después de todo alguien que no necesita un brazo izquierdo mucho menos necesita una mochila.
Llegué a casa de Claudia en taxi. Siempre viajaba en camión cuando iba a verla, pero no quería sentir mi brazo izquierdo moverse inútilmente con el zarandeo del vehículo. A la par de que el taxímetro iba aumentando las convinaciones numéricas, la repugnancia por mi brazo izquierdo iba haciéndose mayor. Sentirlo parte de mí estaba produciendo nauseas en mi interior. Lo imaginaba lleno de gusanos, deborándolo por adentro, gusanos blancos, bizcosos, que se comían mi carne y fundían su baba asquerosa con mi sangre, con mi cerebro. Me dieron unas tremendas ganas de vomitar... casi no podía aguantar la sensación: gusanos, brazo.... izquierdo... cerebro, putrefacción, gusanos, putrefacción en mi brazo izqqqqqq, cerebrrrrring riiiiiiing rriiiiing, riiiiiiiiing:
-Sí Clau... ya voy.... espérame.
Llegué a la entrada de su casa. Me disponía a tocar el timbre como siempre, pero decidí intentarlo con el brazo izquierdo: debía servir para algo... para lo que fuera. Ordené a mi cerebro que ordenara a mi brazo que se levantara , y éste no obedeció. El brazo izquierdo ya no formaba parte de mí. Ya no era MI brazo, ahora era simplemente EL brazo. La angustia me llegó hasta la garganta, sentía como si estuviera encerrada en un closet con el más cruel asesino. No había manera de escapar... el brazo estaba junto a mí, me sentía, me llenaba de su pestilenta presencia, de su perfume enemigo, de sus podredumbre. El brazo comenzó a pesarme, comenzó a hacerse como un ladrillo; el brazo izquierdo se volvió duro, un poco azul, un poco morado... y Claudia se asomó a la calle.
Claudia era una persona depresiva, casi siempre estaba triste y faltaba mucho a clases. Conocí a Claudia en días mejores; cuando los niños no decían groserías, la coca cola se vendía sólo en botella de vidrio y los brazos de la gente no se volvían en contra de ellos. La razón de su tristeza era la vida. Nunca entendí bien cuando me lo explicaba, tal vez porque siempre esperaba ansiosa a que terminara sus razonamientos para poder comenzar a darle mis consejos. Esa tarde traía los ojos desorbitados, adiviné rápidamente que se había dado un pasón poco antes. Inmediatamente me pregunté con qué brazo lo habría hecho, pero desvié el pensamiento porque El brazo izquierdo comenzaba a palpitarme tan fuerte que me esperanzó la idea de que fuera a autodestruirse.
Claudia lloró como cada vez que lloraba: mucho y hablando. Cuando se calmó un poco, el brazo izquierdo ya era color negro y pesaba como una tonelada. En un principio lo apoyé en el sillón de la sala para que no me doliera como la muerte; pero más tarde se me ocurrió que si lo dejaba colgando libremente terminaría por desprenderse de mí. El dolor me impedía seguir con el hilo de mis ideas así que tuve que refugiarme en las palabras que decía Claudia. Noté de esa manera que estaba mucho más drogada de lo que hubiera imaginado. Balbuceaba frasecitas sin conexión entre sí, y finalmente dijo algo que me sonó como a "cortar".
Fue difícil convencerla de que se deshiciera del brazo izquierdo. Le insistí un millón de veces argumentando cosas de gusanos, putrefacción, color negro, ladrillos, toneladas...Tal vez por evadir sus propios pensamientos finalmente se convención de que un brazo izquierdo tiene que ser en efecto siniestro, así que después de un rato, cuando creía yo que estar amarrada a ese trozo maldito de carne iba a terminar por matarme... accedió.
Sentí un alivio inmediato cuando lo ví caer en el piso de la cocina. Claudia vomitó junto a él pero eso no afectó mi alegría. Mientras oía el llanto arrepentido de ella como una linda canción de fondo, agarré el pedazo con el único brazo que me quedaba y lo metí en el horno de microondas. Ocho minutos cuatro segundos... tres segundos, dos segundos... y depronto reconocí el olor de mi carne chamuzcándose... había cometido un grave error.
Me dieron ganas de gritar, de llorar, de jalarme los cabellos hasta arrancármelos... pero cuando le ordene a mi cerebro que ordenara a mi brazo que llegara a mi cabeza, MI brazo derecho había pasado a ser sólo EL brazo derecho.
Mientras más me adentraba en ese pensamiento, más lógico me parecía. Miraba a la gente que se me cruzaba en los pasillos y de alguna manera sentía su muda aprobación respecto a mi idea. Un brazo izquierdo no sirve... es un lastre... un kilo de carne que se balancea casi imperceptiblemente a tu lado; un compañero no querido, una sombra, un espía... un... un... un... y entonces sonó mi teléfono.
Contesté con la mano derecha como para apoyar mi premisa de la inutilidad izquierda. Era Claudia y de nuevo se sentía triste. Colgamos justo cuando me hallaba a las puertas del salón 804. Busqué mi mochila por todos lados pero alguien se la había llevado. Estaba yo tan atontada con mis ideas que no me importó mucho la pérdida; después de todo alguien que no necesita un brazo izquierdo mucho menos necesita una mochila.
Llegué a casa de Claudia en taxi. Siempre viajaba en camión cuando iba a verla, pero no quería sentir mi brazo izquierdo moverse inútilmente con el zarandeo del vehículo. A la par de que el taxímetro iba aumentando las convinaciones numéricas, la repugnancia por mi brazo izquierdo iba haciéndose mayor. Sentirlo parte de mí estaba produciendo nauseas en mi interior. Lo imaginaba lleno de gusanos, deborándolo por adentro, gusanos blancos, bizcosos, que se comían mi carne y fundían su baba asquerosa con mi sangre, con mi cerebro. Me dieron unas tremendas ganas de vomitar... casi no podía aguantar la sensación: gusanos, brazo.... izquierdo... cerebro, putrefacción, gusanos, putrefacción en mi brazo izqqqqqq, cerebrrrrring riiiiiiing rriiiiing, riiiiiiiiing:
-Sí Clau... ya voy.... espérame.
Llegué a la entrada de su casa. Me disponía a tocar el timbre como siempre, pero decidí intentarlo con el brazo izquierdo: debía servir para algo... para lo que fuera. Ordené a mi cerebro que ordenara a mi brazo que se levantara , y éste no obedeció. El brazo izquierdo ya no formaba parte de mí. Ya no era MI brazo, ahora era simplemente EL brazo. La angustia me llegó hasta la garganta, sentía como si estuviera encerrada en un closet con el más cruel asesino. No había manera de escapar... el brazo estaba junto a mí, me sentía, me llenaba de su pestilenta presencia, de su perfume enemigo, de sus podredumbre. El brazo comenzó a pesarme, comenzó a hacerse como un ladrillo; el brazo izquierdo se volvió duro, un poco azul, un poco morado... y Claudia se asomó a la calle.
Claudia era una persona depresiva, casi siempre estaba triste y faltaba mucho a clases. Conocí a Claudia en días mejores; cuando los niños no decían groserías, la coca cola se vendía sólo en botella de vidrio y los brazos de la gente no se volvían en contra de ellos. La razón de su tristeza era la vida. Nunca entendí bien cuando me lo explicaba, tal vez porque siempre esperaba ansiosa a que terminara sus razonamientos para poder comenzar a darle mis consejos. Esa tarde traía los ojos desorbitados, adiviné rápidamente que se había dado un pasón poco antes. Inmediatamente me pregunté con qué brazo lo habría hecho, pero desvié el pensamiento porque El brazo izquierdo comenzaba a palpitarme tan fuerte que me esperanzó la idea de que fuera a autodestruirse.
Claudia lloró como cada vez que lloraba: mucho y hablando. Cuando se calmó un poco, el brazo izquierdo ya era color negro y pesaba como una tonelada. En un principio lo apoyé en el sillón de la sala para que no me doliera como la muerte; pero más tarde se me ocurrió que si lo dejaba colgando libremente terminaría por desprenderse de mí. El dolor me impedía seguir con el hilo de mis ideas así que tuve que refugiarme en las palabras que decía Claudia. Noté de esa manera que estaba mucho más drogada de lo que hubiera imaginado. Balbuceaba frasecitas sin conexión entre sí, y finalmente dijo algo que me sonó como a "cortar".
Fue difícil convencerla de que se deshiciera del brazo izquierdo. Le insistí un millón de veces argumentando cosas de gusanos, putrefacción, color negro, ladrillos, toneladas...Tal vez por evadir sus propios pensamientos finalmente se convención de que un brazo izquierdo tiene que ser en efecto siniestro, así que después de un rato, cuando creía yo que estar amarrada a ese trozo maldito de carne iba a terminar por matarme... accedió.
Sentí un alivio inmediato cuando lo ví caer en el piso de la cocina. Claudia vomitó junto a él pero eso no afectó mi alegría. Mientras oía el llanto arrepentido de ella como una linda canción de fondo, agarré el pedazo con el único brazo que me quedaba y lo metí en el horno de microondas. Ocho minutos cuatro segundos... tres segundos, dos segundos... y depronto reconocí el olor de mi carne chamuzcándose... había cometido un grave error.
Me dieron ganas de gritar, de llorar, de jalarme los cabellos hasta arrancármelos... pero cuando le ordene a mi cerebro que ordenara a mi brazo que llegara a mi cabeza, MI brazo derecho había pasado a ser sólo EL brazo derecho.
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