4/03/2007

Seres opacos

Andábamos dando la vuelta por el parque y se acercó el perro de mi vecino. Siempre he dicho que es igualito a su dueño, tal vez hasta un poquito más agraciado. Nos miró con desdén... como si se hubiera acercado simplemente para despreciarnos en la proximidad; para que sintiéramos su aliento infestado de croquetas hacernos de menos con una repugnancia inexplicable... eso nos pareció... hasta que recordamos que era un simple perro.
Por esos días traíamos la mente llena de humo blanco. Gas cegador que nublaba la vista y hasta la vida. No nos molestaba sentirnos perdidos en las nubes, le hallamos el chiste y la gracia a esa situación no tan alentadora. Al fin y al cabo la existencia necesita de ratos de vacío, momentos donde el cerebro salga de paseo para retomar el pensamiento con mayores bríos cuando se vea obligado a volver.
Nos sentamos en el pasto color amarillo y algo nos dijo que era otoño. Los referentes estaban allí, sólo que parecían bañados en vapor alucinante. Nos tomamos la mano y recostados en la hierba se nos hizo fácil cerrar los ojos para ver hacia dentro. Yo no sé lo que encontró en su interior (aunque siempre me lo preguntaba), pero en el mio simplemente vi colores tenues: azules, verdes... muy relajantes todos, todos muy suaves, llenos de sueño latente.
Despertamos y él se veía raro, como un holograma... sus movimientos parecían ser tan sólo un par: ojos cerrados, ojos abiertos; brazo adelantado, brazo retrasado. Tal vez yo me veía un poco como él, porque de nuevo el perro se acercó para demostrarnos que éramos menos que un despojo, que una palabra olvidada entre tantas letras dichas.
Volvimos a la casa y minutos después de cruzar el umbral dijo algo como: "me voy a morir". Saboree el sonido a un ritmo lento, como si fuera necesario repasar con detalle las sílabas: me-voy-a-mo-rir... inclusive cada letra: m-e-v-o-y-a-m-o-r-i-r. Recordé derrepente que había algo llamado muerte... morir... morirse... vaya idea, qué miedo que se le ocurriera decir esas cosas cuando el eter y nosotros éramos como un mismo concepto.
Cayó al suelo haciendo un ruido que jamás había escuchado; puede que por eso me haya quedado estupefacta tantos segundos mirándoloe tendido sobre la alfombra color vino, tan anticuada, tan llena de años... tan limpia. Sus ojos dejaron de brillar después de unos minutos; se volvieron opacos como nuestro cerebro, llenos de un vapor que empañaba, como cataratas de viejo.
Lo observé dejar de ser él mismo algunas horas. Derrepente cerraba mis ojos para ver hacia dentro y podía darme cuenta de que los colores tenues se iban haciendo más de verdad. Ya no me preguntaba qué estaría viendo él porque de alguna manera sabía que ya veía cosas más lejanas e incomprensibles.
Me quedé perdida en el interior de mi cabeza hasta que el ladrido del perro del vecino se hizo presente en el aire... lo bueno es que él ya no escuchaba cómo nos repudiaba con su ser canino. Casi oía yo cómo gritaba entre gruñidos que seguía creyendo que valíamos menos que un pedazo de su mierda.

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