Es raro ver a un desconocido dormido y acercarte a olerle el cabello. Siempre lo pensé así... bueno, mejor dicho nunca lo pensé así porque jamás se me habría ocurrido semejante cosa; pero ella me llamó mucho la atención, de una manera extremadamente rara.
Estabamos en la terminal del Norte por ahí de las 2 de la mañana. Isabel y yo teníamos que estar en San Luis Potosí muy temprano porque nos habían invitado a la boda de Alejandro su primo. Gracias al caracter caprichoso de Isa nuestro camión salía hasta las 4 de la mañana. A fuerzas quiso esperar la corrida del autobús de lujo... yo siempre he dicho que esa mujer es una mamona.
Como además de todo ella es muy independiente se le hizo fácil decirme que iba a darse una vueltecita por ahí en lo que salía el camión. Después de pedirle con toda la amabilidad que me fue posible que no anduviera caminando sola por la terminal porque era peligroso, me dejó parado en medio de la sala de espera de Omnibus de México tras darse la vuelta indignada por mi sugerencia. Pinche feminista.
Me enojé mucho con Isabel, pero no hice el menor esfuerzo de perseguirla. En esos momentos hasta me hubiera dado gusto que le pasara algo por ponerse tan loca.
Me imaginé que un tipo con cara de maleante le arrancaba la bolsa de la mano y que ella gritaba: ¡Pepe, Pepe, ayúdame! y mientras yo me hacía pendejo fingiendo que leía una revista o que estaba durmiendo...
Después de fantasear un poco con la venganza me di cuenta de que debía verme muy extraño parado en medio de la sala de espera, así que me senté en un lugar que estaba cerca. Obviamente me fijé que junto no hubiera otro lugar vacío, para que cuando mi novia regresara de su "paseo", tuviera que sentarse lejos de mí.
Como faltaba mucho tiempo para salir todavía me puse a contar los cuadritos del techo. Siempre que quería matar el tiempo y no había ningún recurso convencional se me ocurría contar lo que fuera. Isabel decía que eso era compulsión, pero qué iba a saber esa pinche vieja. Recuerdo que en la infancia contaba a la gente en la Iglesia durante la misa. Por eso siempre me gustaba sentarme hasta atrás.
Creo que fueron 426 cuadritos en el techo, los conté un par de veces y luego me cansé... miré hacia abajo para descansar el cuello y cuando alcé la vista ahí estaba ella.
El cabello de las mujeres por lo general me da igual, bueno, eso a menos de que lo hayan peinado con algún artefacto de esos que hacen que se vea mejor que por lo general, por eso se me hace raro que me llamara tanto la atención el de ella. Era muy chino, muy largo, voluptuoso diría yo. Le tapaba la mitad de la cara y eso hacía que se viera misteriosa. Me quedé mirándola fijamente hasta que su cabello comenzó a parecerse en mi cabeza a una especie de flor con los pétalos muy abiertos... una flor bonita, una flor libre... una flor perfumada. Miré el reloj de la estación y ya eran las 3:15 de la mañana.
Decidí aproximarme a la chica del cabello de flor antes de que llegara Isabel. Estaba muy dormida, bueno, dormida al menos. No se movía para nada, así que centré toda mi atención en sus chinos largos, como si eso fuera lo único vivo en su persona. Al rededor de ella solo estaban una señora y el que parecía ser su esposo, pero justo a su lado izquierdo todos los asientos estaban vacíos. Obviamente ocupé el más cercano a ella con naturalidad y comencé a estudiar su cabellera más de cerca. Verdaderamente se veía apetecible. Demasiado bella, como para desconfiar que fuera simplemente cabello. Pero ¿cómo puede una mujer tener pétalos en la cabeza?
Me cersioré de que la chica siguiera inmóvil antes de dar el siguiente paso. Como así era le clavé la naríz en los rizos. Olía a Rosas, margaritas y no se que otra flor con olor bonito, porque pues no soy joto para saber a que huele una gladiola. Mientras me llenaba del olor de ese cabello escuché una voz a lo lejos que gritaba algo como: ¡Pepe, Pepe, ayúdame!.. pero probablemente no se trataba de Isabel, porque en primera en este mundo hay un chingo de Pepes, y en segunda Isa sabe cómo cuidarse sola...