No creí ser descortés cuando le exigí a Julliard que me regresara mis discos. Era una cuestión tan lógica que superaba a la falsa cortesía. La propiedad privada existe desde que el hombre empezó a fabricar cosas: “esta cazuelita es tuya y esta cazuelita es mía”, todo bien definido y todo repartido en dueños. Inclusive Benito Juárez lo dijo: “el respeto al derecho ageno es la paz”, o sea, repeta lo del otro y no habrá pleitos.
Le presté un par de discos a Julliard por ahí de mayo, todo para que nos fuéramos conociendo hasta por la música. Tal vez los escuchó un par de veces y después se le borraron de la mente porque nunca los regresó. En el tránsito de una relación esas cosas pasan, uno como que se olvida de que tiene algo de otra persona, y como la convivencia es bastante buena, esos detalles pasan a último término; pero cuando a uno se le agota el cariño y se rompen los lazos, casi inmediatamente después de la despedida te acuerdas de que un pinche francés se quedó tus discos.
Para Julliard la situación es diferente. Como se rompe la relación y por ende se genera un ambiente de incomodidad, es del peor gusto posible exigir que se devuelva algo tan insignificante como un disco. Eso a él le parece un pretexto para fastidiar, porque un objeto es mierda sin valor ante el fin de un amor. Ha de ser porque no es de aquí y la diplomacia le parece exesivamente importante.
A mí Julliard no me cae mal, sólo que no somos compatibles, ni el idioma tenemos en común. Por más que lo intenté nunca pude hacer que se comiera una enchilada de mole poblano, ni que entendiera que decir pendejo no es necesariamnte un insulto. Probablemente yo tampoco le entendía mucho a su manera de ver la vida. Al principio era interesante convivir con alguien de otra latitud y llevarlo por aquí y por allá para que viera la ciudad de noche y de día; pero después de un tiempo llegó a fastidiarme su afán de tomarle fotos a casi todas las cosas que veíamos. Que la piche ardilla, que la fuente, que el niño pobre, que los pies de mi mamá, que el graffiti, que la luna y la luna, y la luna. Dios santo ¡es la misma luna en Lyon que en Toluca, que en Chiapas, que en Tijuana!... pero fui paciente porque él no era de aquí, necesitaba habituarse. También siempre se quejaba del tráfico y de la ciudad atascada de personas, y de la basura. Eso me fastidiaba muchísimo, ¿qué necesidad de un pinche francés estar padeciendo una ciudad tan horrible? Porque llegó a decirlo, que la ciudad era un infierno. Yo no le decía nada de Lyón porque en primer lugar ni conozco y en segundo qué ganas iba yo a tener de estar peleando con un pendejo.
Así entre los buenos y los malos momentos se nos fue casi un año y llegó el día de las madres. Yo estaba algo emocionada porque había planeado llevarle serenata a mi mamá en la madrugada. Julliard estaba muy apático porque hace mucho tiempo que los mariachis habían dejado de causarle impresión, inclusive de Garibaldi decía “c'est un lieu puant” (1) y no se que tanto más. Yo ya ni le decía nada porque una: ni le entendía bien, y dos: qué ganas iba yo a tener de estar argumentando pendejadas con un francés mamón.
El chiste es que mi amigo Rigoberto me acompañó por el mariachi junto con Julliard (que traía una actitud horripilante). Salvo eso todo estaba bastante bien, hasta que a Rigo se le ocurre preguntarle a Julliard que si le iba a llamar a su mamá en Francia para felicitarla o si tenía algo planeado para ese día. Julliard le contestó simplemente que no haría nada. Yo le expliqué a Rigo que en Francia el día de las madres era como dentro de tres semanas, pero él lo tomó a broma y dijo: “No me engañes, no me engañes, lo que pasa es que el Julliard no tiene madre” Y que nos empezamos a reír el Rigo y yo.
Después de ese incidente, que casi estoy segura que el francés ni entendió bien pero que de todos modos lo hizo enojar, las cosas se pusieron bastante tensas entre él y yo. Dejamos de vernos un par de semanas hablándonos ocasionalmente, hasta que él me pidió muy amablemente que fuera a su casa para ayudarle a editar un video de México que le mandaría a un amigo a Lyon, que según para ver si se animaba a venir.
Llegué a su casa, que compartía con un chico de Monterrey y otro belga, y en lo que él me preparaba un café me puse a revisar mi correo electrónico aprovechando que tenía abierto el hotmail. Ví que en la bandeja de entrada había puras tonterías, cadenas y demás cosas; pero como el chico belga, que se llamaba Armand, hablaba con Julliard en la cocina y no se veía que fueran a terminar la conversación rápido, abrí uno de los correos que se llamaba FW: chistes cortos o algo más o menos así.
No se si fue porque el francesín ya me tenía hasta la madre o simplemente porque me dio gracia genuina, pero me empecé a reír bastante fuerte después de que leí un chiste de franceses. Julliard oyó la carcajada y me preguntó qué me hacía tanta gracia. Entonces inocentemente le leí el chiste en voz alta:
- ¿Cómo hace un francés para que no le roben su dinero?
- Lo esconde debajo del jabón
Y que se encabrona… se le puso roja la cara y lo único que me dijo fue: “tu es folle, les mexicains sont les dégoûtants!”(2). Después de eso se encerró en su recámara y yo me quedé junto a Armand con cara de pendeja. Obviamente me despedí como diez segundos después para que el belga no me dijera nada de mi imprudencia o incluso para que no se pusiera de mi lado, porque al fin y al cabo en ese momento todos los extrangeros me caían de la chingada por igual; pero apenas salí del departamento me acordé que ese wey tenía mis discos todavía y me dio un buen de coraje; hasta me dieron ganas de tocar la puerta y decirle al pinche Armand que me los diera (de seguro estaban en la torrecita junto a la compu). Opté por la prudencia y mejor seguí mi camino para no buscar conflictos mayores.
Ya no tuve noticias de Julliard después de eso, yo no quería buscarlo bajo ninguna circunstancia, pero confieso que pensé que él me hablaría para disculparse o algo así; obviamente no tenía intención de hacerlo pues jamás me llamó por teléfono y nisiquiera me lo encontraba en el messenger. Total que transcurrieron unos seis meses sin saber qué había pasado con él y ya casi ni pensaba en el Julliard.
Era principios de diciembre y resulta que Rita, una amiga, me llamó por teléfono para decirme que acababa de cortar con su novio, y que estaba muy triste y bla bla bla. Le dije que fuera a mi casa para tomarnos unas cervezas, Rita no podía con su triste alma y decía que estaba horrible que su relación hubiera terminado poquitito antes de navidad porque las fiestas no las iba a disfrutar y que a las posadas iba a ir sola, y creo que hasta que Santa Claus no le iba a traer regalos por patética. Yo para consolarla le dije que era una buena etapa para terminar una mala relación porque iba a empezar el año y los comienzos eran muy simbólicos; hasta le argumenté: “mira Rita, tú como dice la canción; diciembre me gustó pa´que te vayas, que sea tu cruel adiós mi navidad, no quiero empezar el año nuevo con este viejo amor que me hace tanto mal”… y en eso que siento como se me retuercen las tripas del coraje y que le digo a la Rita: “¡Pinche francés, se quedó con mis discos de Jose Alfredo Jimenez!”
(1) Ese lugar apesta
(2) ¡Estás loca, si los mexicanos son los repugnantes!
1/16/2009
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2 comentarios:
Ah que francés tan mamón, no lo conosco, no se si exista, pero ya me cayó mal jeje. Yo conosco a un extrajero que me dijo que no soportaba el olor de las tortillas y el tiempo que estuvo en México se la paso tragando hamburguesas en la sección de comida rapida de las plazas,que... cosas, no?
debo decir, que es de lo mejor que te he leído.
:D
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