1/11/2008

atardecer

Como cuando se hacen viejos y dejan de pensar en el futuro... la voz de Jacinto ya nada más hablaba de recuerdos. Qué interés tendría ya en envolverse dentro de los avances que la vida ofrecía con cada parpadeo. Para qué, si aún cuando Conchita vivía, tres años atrás, ya se se adivinaba que muy pronto la vida no traería sino un olor putrefacto.
En tu mecedora te pones a ver hacia el cielo, buscando una nube que tenga forma de profecía, nada demasiado claro como para que lo entiendan el chamaco que atiende la tintorería de al lado, que en tu muy humilde opinión siempre ha sido un bruto. El cielo debe indicarte algo más sutil que las cuentas de un rosario, que la silueta de san Judas Tadeo, algo que solamente tu entiendas.
Se durmió pensando en algo que olvidó al despertar, y es que la memoria ya no daba cuenta de lo último sino de lo primero; del sonido de otro tiempo mejor en el que no se sentía tan ajeno al mundo, en el que su ser erguido atría las miradas al caminar por la avenida central y los callejones centrales de Sirulilla. Ahora daba pena mirarse al espejo, tan lejos de sí mismo, tan espectador de todo.
Se te cansa la vista, el cielo ya lastima, no hay señales para ti por ahora. Aún así decides quedarte en la terraza contemplando la tarde. Quien sabe por qué razón tus ojos se han quedado mirandote las manos. De joven las untabas con azucar y unas gotitas de limón para suavizarlas, te ríes pensando que nunca le dijiste a nadie que después de repasarte los dedos con la mezcla te dabas unos cuantos lengüetazos en la mano para saborear el dulce acidito.
Se le perdió la visión en la foto de Julieta, su hija. Quién hubiera dicho que moriría antes que él... antes que todos. Con su vestido de quince años luce tan viva y tan eterna que Jacinto se alegra de recordarla siempre joven, siempre sonriente, sin un semblante desgastado por la vida, tan difícil que es la vida. Se prepara un tecito, hasta hace pocos años nunca había tomado una bebida parecida. Ahora sus gustos eran fiel reflejo de su debil vejez. Brebajes tranquilos, comidas blanditas, todo tibiecito, todo suavecito... ¡qué vida carajo!
Dejas que el aire te despeine un poco, te gusta que corra frío sobre tu cara, que sople fuerte el viento y a la vez despeine a las nubes... cierras los ojos para oír mejor, tu sonido preferido es el viento mezclado con el silencio de una calle tranquila. Abres los ojos y unas lagrimitas se te resbala sin querer, tu mirada sigue la dirección de ese viento cargado de vida y descubres a un viejito bebiendo té en el edificio de enfrente.

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