
Contemplando el Cristo de San Juan de la Cruz
un fé que conmueve se lee en su semblante,
¿Será que la inspira mirar a Jesús
o surge de estar frente a la obra de arte?
Una lágrima espesa de sus ojos nace,
religiosa experencia les ha hecho llorar,
o tal vez es signo de que les complace
que cosa tan bella hoy puedan mirar.
Permanece un tiempo frente a la pintura,
ya inmerso en el arte o en la religión,
con un embeleso tal, que su figura
inmóvil y muda evoca oración.
La gente asombrada del vínculo extraño
presente entre el lienzo y el ser extasiado,
no intenta observar tanto al Cristo en el paño
como a ese que ahora a sus pies se ha postrado.
¿Acaso se hincó pues su fé era tan grande
que estando de pie no podía demostrar,
y sintió un fervor que le hizo humillarse
en veneración, como frente al altar?
¿O tal vez el cuadro, visto desde el piso,
ofrecia del arte detalle mejor,
y el acto se explica en que el hombre quiso
apreciar la firma del genio pintor?
Se ha puesto de pie tras largos instantes,
y ausente del mundo se mira su faz,
pero en torno a él, rostros expectantes
lo observan queriendo saber algo más.
En Kelvingrove queda una duda genuina:
Detrás de la entrega de aquel ser modesto
¿Quién puede decir si fue humana o divina
la inmensa emoción que inspiró su gesto?
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