7/24/2005

Viaje

Decidí acudir en busca de la inspiración perdida a ese lugar donde Marco y su novia me contaron que escalaron el último cerro. Honestamente no me pareció tan lindo como lo describieron, tal vez porque hacía falta estar muy enamorado para verlo así.
Casi llegando me topé con dos niños mugrosos, Juan Carlos y Elvira según entendí; sentían extraña atracción por los turistas, comprensible por la ilusión y desconcierto de sus semblantes ante mi teléfono celular que no dejó de maravillarlos hasta la tercera vez que lo tiraron al suelo. Me condujeron al centro del pueblo donde me sorprendió el hecho de que llegada la misa de seis, la mitad de los asistentes escuchaban desde el atrio debido a las reducidas dimensiones del templo; ignorando el eco del gloria nos dirigimos a un pequeño terreno al lado de donde tenía lugar la celebración; no sé porque me dio por mirar el piso y así descubrí que la popo de caballo se difumina muy bien en la tierra después de un millón de pisadas... Los niños corrían como locos tratando de inducirme a sus juegos estúpidos como si en realidad creyeran que era mi intención jugar con carritos imaginarios. En fin, de repente divisé en una esquina un montoncito de graba que me llamó la atención, al acercarme descubrí que nunca había reparado en las interesantes tonalidades que adoptaba cuando uno pone un poco de atención; sugería a los niños que me “ayudaran” a recoger alguna para hacer un adorno para mi cuarto, ellos muy contentos lo hicieron, yo procedí igual, sólo que cuando tenía cada piedrita en mi mano éstas perdían de pronto el chiste y pasaban a ser tristes rocas nada más... me decepcioné un poco hasta que Juan Carlos me acercó una de color amarillo canario... que suerte pensé, este niño mugroso tiene la cualidad de descubrir que piedra da ese feeling a todo un montón; con Elvira pasaba lo mismo, cada roca que me acercaba era realmente interesante a diferencia de las que a lo lejos me parecían bellas y en mis manos perdían todo encanto ilusorio. Así “juntamos” unas 30 y me encontraba algo contenta con el resultado; de pronto se me ocurrió la idea de que aún si hubieran sido diamantes hubieran parecido carbón si los pequeños no las hubieran tomado entre sus dedos, tenía que ver con el alma pura tal vez. Después pasamos junto a la oficina parroquial, el edificio más bello hasta entonces, adornado con flores en el exterior, noté que nunca antes había reparado en que las bugambilias tienen pequeñas flores blancas en su interior, tan chiquitas como la cabeza de un cerillo, eso me hizo sonreir y aún no sé por qué. Al lado de éstas florecillas moradas descubrí un arbusto de rosas de un rojo poco común, decidí cortar una pese a la advertencia de Juan Carlos de que me estaba viendo el papa Juan Pablo segundo, hasta ese instante me convencí por fin de que ya haabía muerto y se lo compartí al niño como modo de excusarme ante su insistente preocupación mientras me señalaba un poster del antiguo pontífice que estaba pegado muy cerca del rosal. Tomé el tallo de la flor fuertemente imaginando que sería un lindo regalo para aquél que dejé muy contento entre la contaminación, pero al jalar de él en pos de eso tan lindo que soportaba comenzaron a caer un pétalo tras otro, lo interpreté como una señal de Dios y desistí de mi empresa.
Seguimos adelante en nuestra exploración y me di cuenta que en ese pueblo dejado de belleza y riqueza la sabiduría tampoco llegaría a mí, porque a pesar de carecer de esos valores superfluos la meta de cada una de las personas, que para ese momento rezaban el padre nuestro, era la misma que la de la gente de donde decidí huir unos días: más belleza, más riqueza.
Un hombre de repente se me quedó viendo de modo extraño y lo atribuí a mi vestimenta poco convencional para ese sitio, así sentí que en ese instante él deseaba venir del sitio de donde llegué, con esos aparatos extraños que llaman la atención a los niños y esos tenis caros que a pesar de ser diseñados para facilitar la labor y pasión de los que aspiran a atletas, en unos pies como los míos no sirven para otra cosa que sus huaraches gastados.
Así regresé a la normalidad con tantas preguntas como antes de partir y con ese hedor a naturaleza que me hizo tomar un baño con urgencia.

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