Me desperté y olía a frijoles de olla, siempre me han gustado, pero antes de ir por un plato a la cocina, prendí el primer cigarro del día; últimamente sentía un pequeño dolor en el costado izquierdo y el humo en ayunas lo volvía un poco más punzante. No reparé más en mi salud, pues de repente recordé lo que iba a hacer ese día, lo había planeado desde que fuimos a comer con sus papás al restaurante ese de los cortes de carne, hacía poco más de dos semanas; tan sólo de pensar en lo difícil de la jornada que me esperaba, regresó súbitamente el sopor matutino que la promesa de unos frijolitos había disipado.
Olvidé el desayuno como era mi costumbre por ese tiempo y me arreglé para el encuentro que tendríamos a las doce treinta en el lugar de siempre.
Una de las razones que influyeron para que decidiera finiquitar nuestros lazos esa tarde era precisamente el hecho de que siempre íbamos a ese asqueroso lugar. No entendía porqué , pero siempre terminábamos en ese feo parque detrás del mercado de Martí, lleno de niños odiosos y juegos desvencijados. Aún no alcanzo a comprender porqué le gustaba tanto ese sitio deprimente con olor putrefacto.
Mientras pensaba en cuanto odiaba estar con él, por esa y muchas más razones, prendí el segundo cigarro del día, que me supo interesante pues acababa de lavarme los dientes. Tomé mis cosas y salí de la casa. Caminé alrededor de veinte minutos pues me sentía poco animada y mi andar era lento, ya que en la mente vislumbraba su llanto seguro, con el que trataría de hacerme desistir de mis propósitos. Llegué y me senté en la banca que tiene vista a los columpios; había dos niños muy pequeños jugando en ellos, eran bastante feos pero cuando uno de ellos volteó a verme, no pude evitar regalarle una sonrisa al pensar en la divertida idea de que sería testigo de cómo le partía el corazón a ese tipo. Estaba muy desesperada para ese entonces, así que para calmarme decidí repasar mentalmente las razones que le iba a exponer cuando preguntara como siempre, y con la misma cara de imbécil, esos porqués que estaban de más. No tuve mucho tiempo de hacerlo porque lo vi aproximarse de frente: “odio como camina, se ve de lo más estúpido”. Se acercó y quiso besarme en los labios, pero afortunadamente y de modo sutil, logré desviar la cara de modo que no pudiera hacerlo.
Me abrazó como un idiota, como niño pequeño a su madre, no dejaba que tuviera un centímetro de espacio para que cupiera siquiera mi sombra. Confieso que si ese día hubiera sido como cualquier otro, sólo que sin besos y abrazos, hubiera postergado más el momento de mandarlo al demonio; pero no sé porqué me repugnaba tanto que se me acercara que no podía más que mandarlo al diablo ahí mismo y en ese preciso momento.
Lo separé de mi casi a empujones... y comencé a hablar:
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