Tal vez no inventé la frase, porque me suena excesivamente conocida, pero estoy enteramente convencida de que un viernes todo puede pasar.
Cuando el alcohol y la juventud confundida se juntan es el fin. Las fiestas o salidas siempre terminan de una forma impredecible. Después de unas cuantas chelas el valor que siempre añoras se vuelve tu característica más distintiva y te crees capaz de todo sobre este planeta. He visto cocinarse varios romances a la luz de la luna de los viernes, y otras tantas situaciones que no sucederían un lunes o un martes.
No exagero cuando digo que las posibilidades que brinda la noche que abre paso al fin de semana son totalmente variadas... es más , hasta los hombres bailan.
Esas salidas después de clases te transportan a un mundo paralelo, no hay miedos, sólo diversión, dejas a un lado el qué dirán que siempre acongoja, para tomar una actitud relajada y libre.
Antes pensaba que esa magia especial que traen los viernes únicamente se exacerbaba con la ayuda del buen Baco, pero ni siquiera es necesario. Hay algo que te jala, que te emociona y te lleva a acercarte un poco a tu idea de cómo debe ser una persona feliz.
Lo malo de ese estado que me gustaría llamar “de total inspiración”, es que dura tan poco como un sueño. Lo que pasa en esas noches acabará cuando ellas terminen. Te atreviste a decirle lo que sentías, te alejaste de complejos y barreras, olvidaste que conoces la palabra imposible o simplemente bailaste hasta agotarte; pero el lunes cuando ocupes tu lugar en el salón y en la vida cotidiana, nadie recordará lo ocurrido como el inicio de algo nuevo, nadie tendrá el valor de dar seguimiento a las experiencias que se mostraron ante sus ojos tan sólo dos días antes.
Es verdad: la realidad alterna de los viernes, sólo dura hasta el amanecer...
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