6/15/2005

Marco se había ido, mutuo acuerdo según se dijeron. Llevaba 4 días comiendo sueños rotos y bebiendo lágrimas saladas. Lo único que la alegraba y a la vez la hundía más en el abismo era el recuerdo de tantos días a su lado y tantas noches sintiendo el calor de su cuerpo. Su compañía se había vuelto imprescindible, pesa insustituible en el equilibrio de su vida y en el transcurrir de sus instantes. Ahora estaba sola, completamente. Podía acudir a mil personas; sabía que muchos la querían y hubieran podido acompañarla en su penosa ausencia, pero simplemente nadie llenaría el vacío, estar con él era totalmente perfecto, aún callados, aún dormidos, aún en el temible silencio. Se había dado cuenta que era imposible conciliar el sueño sin el arrullo de su respiración a la derecha, que era sencillamente impensable vislumbrar el día siguiente sin sus ruidos matutinos.
Todo era perfecto hace un par de meses, su vida no podía ser más satisfactoria y feliz... ahora no podía entender qué había apagado el sueño de promesas y entrega dulce y a la vez animal. Eran jóvenes, tal vez podía ser posible que él no fuera el amor de su vida y que esa relación tan sólo sirviera de ensayo para la que la llenaría por completo; sólo que ella se sentía increíblemente llena con Marco... casi a punto de estallar de tranquila euforia.
Tan sólo veintiún años y ya había conocido la más grande felicidad y la más desgarradora tristeza; ésta última la de ese día.
No había llorado en esas temibles horas, detestaba llorar; en su alma habitaba una melancolía de proporciones monumentales pero el llanto no se le había ocurrido como un modo de drenarla. Marco sabía que ella nunca lloraba, que en la despedida había reído como siempre y que su semblante era el de una persona que acababa de cerrar un trato justo, como la venta de una casa; mas sus ojos, siempre expresivos aún sin llanto, reflejaron una tristeza profunda y conmovedora.
En ese preciso instante su vida parecía haber perdido absoluto sentido, lo único que deseaba verdaderamente ya ni siquiera era el regreso del ausente, sino una poderosa píldora para dormir que la despertara en un instante lejano en el que los recuerdos se hubieran borrado de su mente y parecieran tan ajenos a ella misma que ya no le causaran penas traducidas en ese hueco en la mitad del pecho.
Tumbada en la cama destendida desde ese lunes horroroso que marcaría sus pensamientos otros cientos de lunes, tan solo miraba la pared del pequeño estudio pintado de blanco, el color favorito de ambos. Había entrado en un tranquilo sopor parecido a la costumbre de mirar el atardecer todos los sábados desde una cima diferente. Ya no pensaba en nada, solamente respiraba el aire de la inconciencia y así parecía estar bien. De repente sonó el teléfono y se rompió la magia del autismo... evidentemente no contestaría pues no le interesaba hablar con nadie * , tun.......tun......tun.....tun...... y entonces comenzó a llorar. Era la voz de Marco que decía: “estás hablando a la caso de ***** y Marco, no estamos pero deja tu mensaje y te llamaremos... si nos caes bien”. Su voz había traído todo el dolor a su mente de nueva cuenta. Lloró horas y horas con una alteración de bestia triste. Lo amaba, lo amaba como no se amaba ni a sí misma.... y ya no estaba, ya nunca estaría, el simple hecho de pensar en él la lastimaría toda la vida. Así estuvo varias horas, horas que parecieron simples segundos. El ardor en sus ojos era intenso pero más sus ganas de que se le cayeran a lágrimas, de que quedaran en carne viva, ya inservibles, para que así no pudiera mirar qué triste era el mundo sin él.
Era mucho su violento penar; intenso y ruidoso; mas el sonido de la puerta de entrada cerrándose con estrépito la regresó a la realidad y la ilusión la hizo sonreír.
*alguien sustituído por fines literarios

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