Después de unos tragos todo parecía más divertido. Es increíble como una fiesta aburrida puede volverse memorable después de un poco de Vodka (en el mejor de los casos). Pinky estaba eufórica, la veía desde la mesa de botanas; bailaba y bailaba con el tipo moreno del aire pueblerino; su sueño se hacía realidad y no podía evitar sentir una gran alegría por ella ante tal acontecimiento. Los dos estaban hasta su madre y yo vigilaba discretamente la situación, al fin y al cabo esa noche ya no sería mi noche después de lo que había pasado minutos antes.
Mientras hacía mi labor de amiga preocupada, mis ojos saltaban de un lugar a otro, buscando entre la multitud a la persona adecuada para divertirme mientras me mantenía alerta de la situación de mi amiga. Éste no, este está mas borracho, con éste no sabría de que hablar, éste me cae mal, éste.... ¿qué no se había ido hace diez minutos?... demonios!!!, lo que faltaba. Traté de alejarme del cuadrante donde se encontraba, pero honestamente el lugar de la reunión era tan pequeño que no podía evitar que me ubicara rápidamente... es más, desde que entró su objetivo era hablar conmigo, si no ¿para que rayos había vuelto?
Traté de hacerme la disimulada, volteando hacia el lado opuesto de donde estaba, y él hizo exactamente lo mismo... ¿cómo lo sé?... simplemente lo sé, es como un instinto, algo muy de las mujeres que nos hace adivinar y suponer cuestiones relativas al amor, y.... frente mío había un espejo. En ese instante supuse que durante el resto de la noche jugaríamos el típico y absurdo juego de la indiferencia, tan típico y tan absurdo que me mentalicé a ganarlo.
Para esos momentos Pinky besaba los labios de su hombre ideal, con tanta ilusión y ternura (más tarde lo expresaría de ese modo) que todos pensamos que era pura lujuria. En fin, esbocé una sonrisa al ver el espectáculo de un amor naciente justo cuando mi amor putrefacto, cansado de un juego que tal vez no planeaba, llegó por la espalda como los maleantes y profirió una especie de amenaza directo a mi oído y a modo de susurro como tanto le gustaba : te quiero matar a besos...
En ese momento no lo comprendí (y ahora tampoco), ¿cómo era posible que después del pleito acontecido menos de una hora antes, apareciera para decirme “eso”?, ¿cómo era posible siquiera, y bajo cualquier circunstancia que apareciera para decirme “eso”?, y hago un gran énfasis en “eso”, porque simplemente no podía creer que dijera “eso”. Nunca lo había dicho, ni siquiera algo cercano o parecido. Como no sabía que contestar, incurrí en mi maldita costumbre de decirlo todo: lo lógico y lo ilógico, lo bueno y lo malo, lo explícito y hasta lo inefable; aún sabiendo que siempre, tras una frase como la que él profirió no hay respuesta que se compare al “yo también”, o sus diversas modalidades: la seductora--“que te detiene” , la atrevida --“pues mátame”, la hollywood --“no me mates, solo bésame”.
No hace falta decir que arruiné un momento que pudo ser memorable en muchos sentidos. Lo bueno de la historia es que al no cuidar a Pinky (por obvias razones), ella se divirtió con D mayúscula y por eso su blog es más ameno que el mío.
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