Me dijiste que ya siempre estaría sola y por un segundo no te lo creí, tal vez pensé que era tu muy particular modo de hacerme saber que ya nunca estarías para mí, ni contestarías mis llamadas, ni abrirías la puerta nunca más; pero después de un tiempo me dí cuenta de que de algún modo era posible que tuvieras algo de razón porque después de unos días de esa fea predicción me daba la impresión de que no encajaba en ningún lugar del mundo. Y eso que el pinche mundo es muy grande.
Por un tiempo esa sensación de extrañeza no me pareció importante, pues después de todo siempre me gustó pensar que la vida era realmente buena porque cambiaba con la rapidez de un parpadeo. Lo malo de esos días era que nada parecía revolucionarse de manera que todo se hiciera positivo de repente.
Estuve pensando en ti varias horas, y me dí cuenta de que esa soledad que vaticinaste me seguía hasta en las lectura, que según yo me serviría para borrar los malos pensamientos de la mente un tiempo... Es gracioso como de pronto una persona se vuelve importante si no es que indispensable. Recuerdo que antes de esas palabras que proferiste no me interesaba mucho el tiempo que pasábamos juntos, tal vez porque la rutina me había orillado a creer que nunca dejaría de existir. Ahora cada estúpida cosa de la casa parecía hablarme de un pasado en el que la idea de no estar contigo no hubiese podido figurar, de un pasado que al ser recordado volvía tan miserable el presente que más valía la pena olvidar hasta mi nombre.
Una de tantas tardes solitarias me encontraba caminando hacia esa tienda del centro donde vendían esas cosas que en un tiempo nos gustaba comprar. Después de revisar las novedades del catálogo me dí cuenta de que ya nada que hubiera ahí era ni un poco interesante. Triste realidad la de comprobar que el mundo de repente no importa mucho cuando tu mente siempre vuela hacia el mismo sitio.
Otro día me subí al camión y no pude hacer otra cosa que suspirar, vaya estupidez que hasta un vehículo me hiciera viajar hacia el pasado.
Muchas veces tuve ganas de que acudieras a mi auxilio, de pedirte de favor un rato de tu compañía, pero hubiera sido un error, esto ya me había pasado antes con otra persona, y había aprendido que forzar una situación de este tipo, buscando una compañía que en un principio había sido mandada al demonio, no acabaría de buena manera.
Lo único que me quedaba en mi estado desolador era volver a mi antigua creencia de que el tiempo borraría los recuerdos, y que poco a poco volvería a tener nuevas cosas en que pensar... que volvería a tener ganas de reír y de conocer, que podría dejar de sentirme sola cuando la vida se acomodara por sí misma, sin necesidad de hacer un mínimo esfuerzo; que un día despertaría y ya no pensaría más en ti.
De pronto, casi sin darme cuenta llegó diciembre, y el frío para nada ayudó a que dejara de sentirme helada de ausencia. Pude soportar la época con la idea de que lo único que me salvaría sería dejar de pensar que mi único deseo era volver a verte para terminar de enamorarme de ti. Jamás en el tiempo en que nos hicimos compañía sentí algo tan profundo por ti. Ahora cada recuerdo tenía una intensidad tal que desaparecía el presente y me hacía volar hacia un tiempo que para esas alturas ya representaba una lejanía que no podría traer aquí ya nunca.
Nunca fuimos el uno para el otro, nunca te extrañaría más que esos días, nunca sentiría la muerte tan cerca pese a una salud tan buena.
Un día de marzo, no recuerdo cual, pasó algo interesante, me dolió tanto el corazón pensando en ti que comencé a sonreír porque vino a mi mente la inequívoca idea de que ya no podría sentir más dolor que en esa ocasión, así que cualquier cosa que sintiera en adelante o me haría explotar o marcaría el camino hacia el deceso.
Sí, el deceso ocurrió, cada día me parecía que todo estaría mejor que el anterior.
Te extrañaba aún, mucho en realidad, pero ya podía vivir, al menos ya podía vivir.
Después de un par de meses me llegó la lucidez como un suspiro y llegue a la conclusión de que verte de nuevo sí que sería un error, dejé a un lado el deseo de oir tu voz de nuevo y pude alejarme lo suficiente del recuerdo como para no correr ningún riesgo en este proceso del olvido.
Padecí mucho tiempo, pero al final me di cuenta de la victoria inminente cuando por accidente te vi entre una multitud y pude voltear hacia otro lado, sin poder evitar el recuerdo de tus palabras de ese día de adiós que hicieron que me riera a manera de reverencia por tu atinada predicción.
12/24/2005
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