12/08/2005

copos negros

-Es diciembre, un mes peligroso- se dijo mientras miraba las hojas del calendario. Para él la vida era un estado total de paranoia y lo sabía muy bien; pero diciembre era especialmente preocupante.
Ese día decidió ponerse triste, sólo porque el clima era ideal para ese fin, así que se puso a escuchar la canción prohibida, la que lo hacía estremecerse pese a no tener a quién evocar con sus notas. “y ya va un mes pero quién cuenta”.
Era un tipo raro, como la mayoría que pudimos conocer a lo largo de ese andar en particular. Contados eran los normales, o mejor dicho los adaptados anormales.
Caía la tarde y lo miré con atención y por primera vez, éramos los únicos dos vestidos de color negro entre la multitud; nunca me había pasado porque el negro en general impera, sobre todo en los hombres, pero raramente sólo él y yo evocábamos un aire sobrio, él un tanto más depresivo que yo.
Traía el pelo despeinado y medio largo, como me gusta; se lo tocaba constantemente y caminaba por la sala de espera de un modo “desesperado”. Llegó la hora en la que yo tuve que entrar pero realmente lo lamenté, quería verlo un poco más.
Tardé unos quince minutos en salir, todavía había muchas personas esperando su turno de entrar, pero él ya se había ido, ahora era la única tipa de color negro en el lugar, porque Marco vestía de azul al igual que la mayoría.
Tomamos un café en los jardines, el frío sí que era alarmante, pero abrigados estábamos, lo suficiente para no morir en unas horas. Por esas fechas le tenía miedo a la vida, así que tal vez hubiera preferido pasearme en traje de baño mientras la nieve me cubría, pero mi compañero no lo hubiera permitido jamás, así que me conforte con la bebida mientras le contaba del chico del cabello alborotado.
Procuré despertar sus celos hasta un grado brutal –realmente se veía tan guapo con el pelo así- dije sin piedad- era sin duda un hombre interesante. Marco es un buen tipo, sabía exactamente que trataba de liberar mi frustración con ese derroche de puerilidad, así que simplemente cambió el tema. En esos momentos no quería estar con él, así que lo invité a no perder su lugar para ser atendido pronto en el salón del que habíamos salido hace algunos minutos.
Caminaba sobre la nieve y sentía ese aire reseco y frío en la cara. Sin duda haría estragos con mi cutis, pero que más daba eso ya. Había decido hacer ese viaje para que ninguna nimiedad se compara con la visión de una cima enorme, cubierta de nieve, como la que tenía frente a mí. Subirla representaba la subsistencia de esa esperanza de que todo iría bien en adelante. Era la primera vez que subiríamos una montaña en invierno, en esas condiciones específicas, habíamos reservado desde hace muchos meses, con la idea de festejar las fiestas de diciembre en un lugar especial e inolvidable, y a la vez aprovechar para festejar nuestro segundo aniversario mirando al mundo desde la punta más alta hasta entonces; pero mi visión de ese viaje en ese instante no tenía nada que ver con un propósito romántico, era más bien dar un giro a la vida, marcar la pauta de algo nuevo que me daría fuerzas para llegar a enero, porque de otro modo subsistir el último mes del año costaría aún más trabajo que escalar una pendiente tan particular como la de esa montaña.
Miraba mis huellas hacerse dueñas del piso, de ese camino blanco, sentía como mis pies penetraban la superficie blanda y se apoderaban del espacio que antes ocupaba el agua congelada. Sentí un placer especial y contemplé absorta ese proceso durante algunos minutos. De repente alcé la cara y lo vi a un metro de mí, con su ropa negra y su cabello enmarañado, miraba el suelo y por un segundo pensé que hacía lo mismo que yo, hasta que me di cuenta de que había tirado unas monedas y la nieve se las había tragado para siempre. Ese hombre era especial, ahí lo noté por vez primera en realidad. Más allá de su cabello, de su piel extremadamente blanca su ser irradiaba una confusión bonita. Como que no tenía idea de lo que hacía en ese lugar del mundo en ese preciso momento.
Ya lo había visto suficiente tiempo para atraer su atención, así que finalmente volteó a verme preocupado porque lo estuviera observando con tanto detenimiento. No dijo nada de todas maneras, simplemente me guiñó el ojo y como que se rió.
Se acercó un minuto después y continuó mudo. Casi de impulso y no por querer matar un silencio que si se prolongaba un poco más se volvería infernal le dije: - ¿por qué negro?
Tardó unos segundos en comprender que hacía alusión a su ropa y contestó:
- porque si fuera blanco y tropezara la gente podría pisarme sin darse cuenta
- pero de todas maneras siempre pasa así – respondí automáticamente.
Comenzó a reír de un modo muy agradable ante mi sombrío comentario y comenzamos a caminar uno al lado del otro.
No hubo necesidad de conversar mucho, era agradable imaginar la visión de dos bolitas negras moviéndose sobre un fondo blanco que tendrían los que para esa hora ya habían adelantado el camino a la cima.
Le pregunté su nombre, así confirmé que la vida está llena de coincidencias, ya que en mis 23 años solamente había conocido un hombre que se llamara como él, y precisamente debía estarme buscando como loco en esos momentos.
- Marco- contestó- aunque si quieres que te diga mi apellido no me parecería extraño
- Y para que querría saber tu apellido?
- Para cuando me escribas- contestó coqueto
- En ese caso sería útil saber también tu dirección.
Más o menos de eso hablamos todo el camino hacia la nada, de intrascendencias, de bobadas; pero era agradable para variar platicar con un extraño.
No recuerdo de qué estábamos hablando cuando comenzó a tararear una canción: “y ya va un mes pero quien cuenta”...
- conoces esa canción!!!- dije de inmediato
- claro, es muy buena, de hecho hoy desperté y la oí un millón de veces
- mmm, es que se presta, aunque luego me pone un poco triste
- jajaja, si no me pusiera triste jamás la escucharía, no tendría sentido de ese modo.
Vaya persona masoquista pensé, y no pasó ni un suspiro cuando dijo:
- vaya persona masoquista verdad?
- ... eso estaba pensando justamente. Es raro que te quieras acordar de alguien que te hizo sufrir.
- Sí, por eso escucho esa canción, porque no me recuerda un carajo, simplemente me pone triste y hoy quería estar triste.
Me había pasado a veces, eso de querer estar triste sin razón, hacerte el sufrido. En realidad eso acontecía frecuentemente por esos días. Es que el invierno se presta para ese tipo de cosas, diciembre es un mes peligroso porque el clima ayuda tanto a la melancolía que no necesitas añorar un pasado para sentirla. Más tarde en nuestra plática eso salió también a colación y Marco, el de negro, compartía mi opinión. O tal vez yo compartía su opinión porque el lo dijo primero.

Seguimos caminando sin mirar para donde, al menos de mi parte, hasta llegar al lugar de donde habíamos partido. Justo al pasar cerca de la cafetería donde había estado con Marco oí a una chica que decía –mira amor, que suerte encontrar unas monedas en la nieve.
Nos reímos un poco. Entonces vi que mi Marco se aproximaba hacia a mí de frente con una cara de enfado. Yo no tenía idea de la hora porque por esos días no traer reloj me daba la impresión de que hacía transcurrir más rápido el tiempo. Pasó de largo sin decirme una sola palabra y tan sólo me miró con ojos inyectados de un gran enojo.
Para el mes de enero ya tenía a quien dedicarle esa canción, a quien sino a Marco...el de azul.

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