10/14/2005

parte dos del cuento

Había pasado hace mucho tiempo, parecía que los recuerdos que esa foto, milagrosamente salvada de la masacre del amor, había traído de nuevo a su mente pertenecían a otra realidad, a la vida de alguien más. Hacía mucho tiempo que ya no pensaba en Helena, en su cabello negro o en su muy particular carácter, de esos que sacan de quicio la mitad del tiempo, hacen reír una parte igual y parecen volverse adictivos para quien los disfruta y padece.
Le entró un aire de melancolía al entorno, al menos según la percepción de Guillermo, tanto que le dieron ganas de oír de nuevo su canción, esa canción... la prohibida, la que haría presentes de un modo vívido y casi tangible todas esas memorias que creía ya olvidadas, pero que a la sombra de esa noche rara de hallazgos evocativos comenzaban a disipar las nubes del olvido.
Saltó de la cama, se dirigió a la gaveta donde tenía su enorme colección de discos y la escudriñó hasta encontrar el que contenía la melodía del corazón roto.
El día que Helena le dijo que esa era su canción su favorita estaban en casa de un amigo de ambos, ya muy tarde viendo las estrellas. Ella se veía triste y el track 7 la puso de buenas.
Recordó su rostro de esa noche y otros tantos rostros de otras muchas noches.
La quería; al menos más que a las otras, porque ella era distinta, porque le hacía sentir algo nuevo o tal vez por las circunstancias de ese encuentro con su pasado. Sintió tremendas ganas de llamarla por teléfono, pero entonces recordó que había borrado su número de todos lados, para evitar tentaciones de ese tipo – que listo—pensó, pero a la vez hubiera deseado no hacerlo en ese día que renunció a ella porque ella renunció a él.
Entre tanta evocación de ese pasado llegó un momento de lucidez en el que recordó como fueron las cosas realmente. Helena lo llevó a un pasillo de la escuela y simplemente le dijo que todo había sido un error, que las cosas no funcionaban ni lo harían porque los dos estaban un poco locos. Él no pudo culparla de que sus mentes carburaran de modo extraño porque era cierto, pero si de que en un mundo de locos que se casan y son felices no tuviera un mejor que pretexto que ese para mandarlo todo al diablo. Le dolió en las entrañas pero no dijo nada, ni siquiera el muy típico y ardido “tienes razón, ya lo había pensado” para que no fuera a oírse muy falso. Simplemente calló y asintió, sus labios sólo se abrieron para decir con la naturalidad con que se pregunta la hora, que si eso quería respetaba su decisión, pues lo último que le faltaba era que la pobre loca de Helena se incrementara el ego con el sufrimiento de otro tonto.
Guillermo se sacudió la cabeza, apagó el estéreo y recordó porqué había decidido bloquear a esa mujer de sus recuerdos, entonces agarró la foto que le tomó ese día en que trató de imitar a una jirafa , y con la ira de otros tiempos la rompió en cuarenta pedazos, como decía Helena cuando lo molestaba con que mil eran muchos y no se trataba de exagerarlo todo.
Quedo muy alterado, aún más que triste y por fin se decidió mandar ese disco del ayer a la basura; toda una lástima ya que esa canción realmente le gustaba y la había quemado con alguien que por supuesto no la merecía.
Volvió entonces a la cama, tomó el libro que para ese entonces estaba en el suelo y comenzó a leer, convencido de que esa noche y las sucesivas serían muy largas, más aún que las anteriores; porque la sombra de esa idiota no lo dejaría dormir en mucho tiempo.

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