Estábamos en aquel tugurio Jaumavense, tomando para no pensar y pensando en no tomar de nuevo. Derrepente comenzamos a contar historias de amor y cosas por el estilo... el ocio era grande, así que alguno de los presentes, que bien pude haber sido yo, formuló una pregunta al aire: ¿cuál es el piropo más bello que podría decírsele a alguien?
Todos participaron de manera animada en esa conversación aparentemente frívola. Después de un viaje de inspiración que transcurrió entre saltos de lo cursi a lo vulgar, nuestro amigo el más serio nos sorprendió al decir: "sin duda el mejor para mi gusto diría: amada verdad, cuan tarde te encontré , cuan tarde te amé".
Evidentemente un piropo de esa clase requería una explicación que contextualizara la respuesta para que la comprendiéramos en toda su magnitud. La primer pregunta que surgió al respecto fue la de Clement: "¿y por qué llamar a alguien verdad?"... El serio comenzó explicando que el simple hecho de llamar a alguien verdad ya contenía una carga emocional profunda puesto que la verdad es pura e inequívoca.A pesar del alcohol que para entonces figuraba en alto porcentaje dentro de nuestro organismo, comenzó una retahila de divagaciones y opiniones encontradas, que dieron fin cuando alguien alcanzó a gritar a modo de que todos oyeran: "pero si nadie es puro y mucho menos inequívico".
El generador de esa discusión de ánimos exacerbados contestó de un modo docto y conocedor: "la frase no es mía, es de un hombre que supo expresar con palabras el pesar de su corazón al haber descubierto la grandeza de Dios, que es verdad, demasiado tarde"... pensamos unos segundos al respecto y antes de que pudieramos acotar cualquier cosa, nuestro amigo se interpuso entre nuestros pensamientos y las cuerdas vocales para añadir: "he dicho esta frase simplemente como introducción a una noticia que he querido darles durante toda la noche pero que no había encontrado el modo de decir: mañana me voy al seminario para volverme sacerdote"...
De ese silencio jamás nos recuperamos, el único ruido que se oyó fue un suspiro ahogado de Clement, que se hubiera hechado a llorar de no ser porque en ese preciso instante se dio cuenta de que nunca volvería a ser esa chica rica y mimada que departía con gente sin oficio ni beneficio, ya que con el corazón roto por la sorpresiva decisión de su amor secreto ahora nada la frenaba para convertirse en la futura señora Porthire.
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