9/25/2005

parte 1 de este cuento que tal vez nunca termine

Y de nuevo no podía dormir, llevaba como dos semanas sin pegar los ojos después de las 12:51. Tal vez el asunto no era tan grave después de todo, ya que ese sueño faltante lo recuperaba todos los días después de su primera clase de la tarde; pero su naturaleza complicada lo obligaba a buscar dentro de lo hondo de su mente la razón de aquella falta de sueño más desesperante que trágica.
Miraba el techo, le gustaba hacerlo, así recordaba su infancia buscadora de formas familiares en el blanco tirol. Esta noche había encontrado una decena de rostros con diversas expresiones: alegría, enojo, tristeza... pero sobre todo enojo; explicó esa incidencia de caras iracundas en su imaginación valiéndose de la premisa de que todas ellas eran producto de una proyección de su molestia por no poder pegar los ojos a la hora que todos los que viven a dos meridianos a la redonda lo hacen.
Ahora su vista saltaba del pasillo oscuro que se asomaba tras la puerta entreabierta al póster que tenía en la pared de enfrente; el de la película que tanto lo cautivó porque narraba un Apocalipsis provocado por un virus extraño que apareció de la nada y había hecho de la raza humana unos seres tan desagradables en aspecto como el los adivinaba en el interior. Lo que pasa es que Guillermo siempre estaba hablando de la decadencia del ser, y de algún modo, tal vez cruel y por demás extraño, añoraba que toda aquella podredumbre llegara a su muy merecido final.
Así, carburando ideas de todo tipo, que se tejían en una retahíla de más y más relaciones entre el pensamiento previo y el elemento del mismo que desataría el siguiente, pasaba sus noches de insomnio, siempre creyendo que esa falta de descanso que le ponía los pelos de punta, se debía a alguna razón enterrada en algún recoveco de su muy extraña cabeza, tan llena de toda clase de cosas.
Eran las cuatro de la mañana y no sabía que hacer, había repasado en voz muy queda sus canciones favoritas, una tras otra, tratando de descubrir en sus letras algún nuevo significado que sólo se haría manifiesto en una noche de obligada vigilia. Decidió entonces prender la lámpara que se ocultaba tras la cabecera de la cama para así poder leer alguno de los muchos libros que nunca había logrado terminar, por falta de tiempo según decía. Cuando abrió “el péndulo de Foucault” de Eco, ya estaba completamente resignado a que no dormiría ni un minuto más esa noche, de otro modo habría seguido acostado en la penumbra de su habitación repleta de planos y maquetas.
Buscó la separación que le marcaría el sitio donde había abandonado la lectura algunas semanas antes de que comenzara el insomnio, presintió que debería retomar el texto desde el principio por la calidad del libro, pero aún así tenía la esperanza de recordar algo sustancial de la historia. Ahí fue que notó un extraño separador entre las hojas color crema.
Esa fotografía le era del todo familiar, recordaba cuándo había sido tomado, bajo qué circunstancias y porqué Helena había salido con esa expresión tan peculiar, lo que no sabía era cómo demonios había olvidado romperla junto con las otras.
El día que se dieron cuanta que eran demasiado extraños como para siquiera caerse bien, Guillermo llegó notoriamente molesto a su casa, azotó cuanta puerta se atrevió a estorbar su trayectoria y no reparó en ninguna razón del sentimiento para no tirar al suelo todos esos recuerdos de un mes lleno de altibajos, desilusiones y una intensidad tan desconcertante que difícilmente podía explicar ese preciso instante de su vida. Arremetió en contra de todo lo que significaba haberla conocido, golpeó la pared con el puño y después de sobarse de modo ingenuo y pueril se dio cuenta de que nada bastaría para borrarla porque ahora resultaba que cada canción que conocía le recordaba aunque fuera una de las pecas de su hombro; peor aún las melodías que escuchaban en su auto saliendo de la escuela, y que les servían de música de fondo para exaltar su muy arraigada y compartida tendencia de crear un soundtrack de la vida...

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